Nuestro viaje a Indonesia II

Redacción y sabiduría: Alice
Anotaciones y edición: Antonio

Esta es la segunda parte de nuestro viaje a Indonesia II. Si todavía no has leído la primera de nuestro viaje, te recomendamos empezar por ella, donde te contamos nuestra ruta por Java, la visita a los impresionantes templos en Bali. Además, si estás organizando tu aventura por este increíble país, no te pierdas nuestra Guía Completa de Indonesia, donde encontrarás toda la información necesaria para preparar tu viaje.

En esta segunda parte nos despedimos de nuestros guías para aventurarnos por libre a descubrir la isla de Bali, escaparnos hasta las islas Gili y convivir con algunos de los animales más emblemáticos de Indonesia, como elefantes, monos y delfines. Un viaje que lo tiene todo desde templos sagrados, arrozales infinitos y experiencias tan especiales como hacer nuestra propia boda balinesa en una casa tradicional de la familia real.

También dejamos atrás los circuitos más tradicionales para movernos como un local más, utilizando todo tipo de transportes como lanchas rápidas, embarcaciones de madera, bicicletas, taxis e incluso largas caminatas para llegar casi hasta las nubes para ver el amanecer en el volcán Batur. Aprovechamos cada día al máximo para conocer la historia, la cultura y la forma de entender la vida de los balineses, viviendo una experiencia mucho más auténtica que recordaremos para siempre.

Para disfrutar completamente el artículo recomendamos leerlo completo . Pero si no tienes tiempo o solo te interesa una sección, puedes ir directamente haciendo clic en su título 🖱️(nos caerás un poco peor, pero no pasa nada).

Día 11

Día 12

Día 13

Día 14

Día 15

Día 16

Día 17

Día 18

Día 19

Día 20-21

¿Quieres que te ayudemos? ✉️

Si estás organizando un viaje a Indonesia y te gustaría hacerlo igual o similar al nuestro, contáctanos y te ayudamos a organizarlo para que disfrutes al máximo del país de templos, bailes y ritos únicos en el mundo. Nosotros lo hicimos de forma organizada y la experiencia fue inmejorable. Te acompañamos en todo el proceso para que vivas una experiencia relajada y sin preocupaciones, olvidándote de horarios, transporte, entradas, comidas o de pasar horas comparando opciones.

Te dejamos aquí el resumen de nuestro Viaje a Indonesia en 21 días:

Día 1-10: Leer primera parte de nuestro viaje
Día 11: Denpasar, Mengwi y Tabanan
Día 12: Ubud
Día 13: Gili
Día 14: Gili
Día 15: Ubud
Día 16: Batur
Día 17: Ubud – Mason Elephant Park & Lodge
Día 18: Lovina
Día 19: Denpasar
Día 20 – 21: Qatar – Madrid

DENPASAR, MENGWI Y TABANAN – Nuestro viaje a Indonesia Ii

Día 11

Después de la emoción de los monos la noche anterior, comenzó el día de todos los animales que veríamos. Muy temprano nos despertamos para desayunar y esperar a nuestro guía, porque nos movíamos hasta Denpasar para conocer un par de sitios importantes antes de cerrar nuestra aventura por Indonesia con el viaje organizado.

La primera parada fue en Lapangan Puputan Badung, un parque enorme que, al ser día festivo en la ciudad, estaba lleno de eventos, puestos ambulantes, niños jugando y gente haciendo deporte.

Era una ciudad muy bonita que tenía, por supuesto, un templo que, por ser festivo, estaba cerrado, pero pudimos verlo por fuera y caminar un poco para conocer la vida de una ciudad y alejarnos un poco de los turistas.

De ahí nos fuimos al mercado de aves de Satria, que estaba lleno de todo tipo de aves. Debido a que en su tradición tienen un ave por cada miembro de la familia para liberarla cuando muere, creen que así su alma se va con ella.

Es una manera bonita y simbólica de representar que un ave a la que cantaban y cuidaban se ha marchado. Sin embargo, en el mercado no solo nos encontramos aves, había todo tipo de animales y daba un poco de pena verlos encerrados.

Muchos serán comprados como mascotas, pero muchos otros para ritos, lo que da aún más pena. Vimos desde tortugas, iguanas, murciélagos, serpientes, gatos, conejos y perros, una gran variedad. Incluso Antonio quería comprarse un gato, pero era imposible porque no teníamos dónde llevarlo y ya tenemos la finca llena de gatos.

Después de ese momento de tristeza por los animales encerrados, continuamos nuestro viaje hasta conocer unos templos muy misteriosos y únicos porque están sobre el agua. El primero que visitamos fue el templo Pura Batu Bolong, un templo sobre una roca que tiene un agujero por el que pasa el mar. Su nombre en español sería algo así como «roca con agujero». Además, tiene una preciosa vista hasta el templo Tanah Lot.

Es muy bonito ver las olas del mar golpear la roca, pero así como hay días en los que es posible pasar al templo, otros días, debido a la altura del mar, no se puede acceder. Caminamos hasta el templo Tanah Lot, para lo que tuvimos que atravesar toda una zona muy bonita donde los creyentes hacen ofrendas hasta llegar al templo. Una vez estuvimos frente a él, nos quitamos los zapatos, nos remangamos el pantalón y, con mucha calma, fuimos caminando hasta el templo mientras las olas te golpean, algunas con más fuerza que otras.

Entramos en el templo para conocer las famosas serpientes marinas de bandas negras y grises, que un hombre protege y cuida. Nosotros, que somos unos apasionados por los animales, no dudamos en ir a conocerlas y hasta tocarlas. En mi caso, incluso las alcé, y el señor estaba sorprendido porque, al parecer, la gente les tiene mucho miedo. Además, nos contaron la leyenda sobre las serpientes marinas sagradas, que son las encargadas de custodiar el templo contra los espíritus malignos.

Luego nos fuimos hasta una fuente de agua dulce donde teníamos que beber agua, lavarnos la cara dos veces y pasarnos agua por la cabeza tres veces como símbolo de purificación. Después te echan más agua, te hacen un bindi de arroz y te ponen una flor en la oreja. Una manera de sentirse bendecido por el lugar y de alejar a los espíritus malignos. Caminamos por todo el templo, que está construido sobre la roca, y muchos fieles llegan hasta aquí para contemplar también el majestuoso escenario y las vistas al mar.

Salimos del templo de nuevo con calma para no resbalarnos ni caernos con las olas del mar. Volvimos al coche para dirigirnos a un restaurante con vistas a los arrozales en Beraban, donde comimos todos juntos: el sobrino del guía, el guía, Antonio y yo, como símbolo de agradecimiento por todas las horas que compartimos juntos durante este viaje. Comimos comida tradicional indonesia y disfrutamos de las vistas al arrozal.

Luego nos fuimos al templo de Taman Ayun, en Mengwi, que es muy impresionante por sus pagodas (torres altas) de techos de paja escalonados que simbolizan las montañas sagradas. Un sitio tranquilo donde caminamos escuchando la última explicación del viaje. Una vez terminamos el recorrido por el templo, nos dirigimos rumbo a Ubud, donde nos dejarían en el hotel que habíamos reservado para los días siguientes, cuando viviríamos la aventura por nuestra cuenta.

Tras unos abrazos y hasta algunas fotos, nos dijimos adiós a los guías. Les deseamos lo mejor y, como es tradición, les dimos una propina. Ya esa noche, el nuevo hotel estaba ideal, era muy tranquilo y estaba muy bien ubicado para salir a caminar y conocer los templos cercanos. Esa noche nos cambiamos y nos pusimos guapos para ir a cenar a un restaurante más especial, donde comimos comida deliciosa y disfrutamos de una cena mucho más tranquila porque al día siguiente ya empezaríamos los días a nuestro ritmo. Terminamos la noche con una cerveza fría para apaciguar el calor.

UBUD – Nuestro viaje a Indonesia Ii

Día 12

Nuestro primer día sin guía en Bali empezó tomando el desayuno con calma en una cafetería donde estaba incluido el desayuno del hotel y tenían muchas opciones recién preparadas. El día que habíamos organizado estaba cargado de simbolismo y emoción para nosotros porque, después de contactar con muchas personas desde España, habíamos logrado encontrar a Cristina, una balinesa que nos ayudó a planificar una ceremonia al estilo balinés dentro de una familia con título real.

Después de desayunar pedimos un Grab que nos llevó hasta un taller de plata para crear joyas personalizadas, donde nuestro propósito era hacer unos anillos para recordar nuestra boda al estilo balinés. Al principio todo empezó muy sencillo, mirando los diseños, eligiendo el tamaño y pesando la plata.

Hasta que llegó el maestro artesano y nos puso a trabajar. Primero fundimos la plata a altas temperaturas, que con el calor que hacía se sentía aún más intenso tener que trabajar junto al fuego.

Luego pasamos a moldearla con golpes y a pasarla por una fina máquina que la convertía casi en un hilo, del que había que tirar con mucha fuerza. Cuando ya teníamos la plata moldeada, pasamos a darle forma para comenzar con el diseño.

Todo esto suena fácil hasta que te pones manos a la obra y toca ser muy cuidadoso. Antonio grabó en mi anillo una especie de sello con «A2» y yo hice un anillo un poco más grueso, con un decorado de puntitos que me llevó la vida terminar. Pero ambos quedaron muy bonitos y, al terminar el taller, pudimos probárnoslos y sacarles brillo. Un taller donde se aprende a apreciar el trabajo artesano y el verdadero valor de las joyas.

De regreso a la zona del hotel fuimos fijándonos en que todo es extremadamente seguro, porque muchos comercios no tienen puertas, sino simplemente una tela que indica que están cerrados. Vimos puestos de todo tipo: lavanderías, planchado de ropa, peluquerías, galerías de arte, tiendas de artesanía y muchísimos más que resaltaban por su color. También vimos muchos monos colgados de los cables de la luz, esperando a ver qué travesura podían hacer.

Ya de vuelta en el hotel salimos a explorar la zona y todo era muy agradable, con muchos más turistas y una gran variedad de restaurantes. Optamos por comer en un restaurante de comida india, cuya decoración era muy moderna y tradicional a la vez.

Pedimos un par de platos para compartir y, de un momento a otro, el cielo se rompió y empezó a llover. Siempre vamos preparados, así que teníamos a mano nuestros chubasqueros y, cuando salimos de comer, ya llovía mucho menos, aunque seguía cayendo agua.

Nos llamó Cristina para confirmar que pasarían por nosotros y que estuviéramos listos. Habíamos leído todo tipo de información sobre cómo son las bodas balinesas y había demasiados datos curiosos: como que el maquillaje que usa la mujer también se replica en los hombres, sus pesados tocados de cabeza y los innumerables ritos que realizan para sellar la ceremonia.

Encontramos tanta información que decidimos que lo mejor era vivir la experiencia para descubrir qué era realmente lo que íbamos a hacer. Nos recogieron y, cruzando los dedos para que dejara de llover, nos fuimos hasta una enorme casa familiar donde vivía un miembro de la realeza con toda su familia y que, por ello, tenía el permiso para realizar este tipo de ceremonias.

Al llegar nos dieron dulces y café mientras la familia se preparaba para ayudarnos con la ceremonia. Cristina hablaba un español perfecto y conocía mucho sobre la cultura española y, sorprendentemente, también sobre los cotilleos de Colombia relacionados con la farándula, porque había trabajado como traductora en la producción de un reality colombiano grabado en Bali.

Primero me fui yo con dos mujeres a una habitación con grandes espejos, donde me ayudaron a vestirme con una especie de corsé envuelto en una tela negra con dorado y un gran sarong rojo y dorado. Después de vestirme empezaron con el tocado. Una a una fueron colocando las flores hasta que llegó un momento en el que toda mi cabeza estaba cubierta de ellas y pesaba bastante. Después pasamos al maquillaje y elegí algo sencillo por si luego a Antonio le hacían el mismo. Finalmente, me entregaron un hermoso ramo de flores blancas de árbol que olía delicioso.

Yo salí por la puerta de atrás para que Antonio no me viera y él entró para empezar a prepararse. Las mujeres lo dejaron en ropa interior y le pusieron una vestimenta muy parecida a la mía, aunque su sarong era más corto e incluía una especie de chaqueta, un tocado más pequeño en la cabeza y una especie de espada que debía llevar como símbolo de ser el protector de la relación.

Mientras esperaba a que Antonio terminara de arreglarse, empezamos la sesión de fotos y, por suerte, la lluvia se detuvo. Cuando salió, se veía muy guapo y comenzamos haciendo unas fotos dentro de la casa. Después nos fuimos en un jeep por el pueblo, saludando a todo el mundo y haciendo fotos entre los arrozales.

Al volver nos estaba esperando todo el pueblo, lo que daba hasta un poco de vergüenza. Nos llevaron a hombros como si fuéramos parte de la familia real mientras bailaban y tocaban instrumentos musicales. Fue en ese momento cuando nos dimos cuenta de que aquella boda estaba preparada con muchísimo cariño y era mucho más especial de lo que imaginábamos.

El pueblo nos llevó hasta la puerta de la casa familiar y allí ya se encontraban todos los que participarían en la ceremonia, vestidos de blanco. A cada uno nos asignaron una chica para ayudarnos a movernos, entregarnos los complementos necesarios para los distintos ritos y guiarnos durante toda la ceremonia.

Nosotros pensábamos que no sería una ceremonia tan seria, pero sí que lo fue. Hicimos ritos de todo tipo: beber agua sagrada, ponernos arroz en la frente, quemar cuerdas, patear cocos, dar vueltas alrededor del fuego, intercambiarnos los anillos bendecidos, compartir la comida y hasta disfrutar de un espectáculo de danza tradicional acompañado de un gran banquete de comida local y dulces de muchos colores.

Me quedo corta para describir la emoción y todo lo que vivimos ese día durante la ceremonia. Pero lo más emocionante fue que, al terminar y antes de pasar al banquete, las mujeres nos esperaban para lanzarnos pétalos de flores. Cuando terminó el baile nos invitaron a bailar con ellos y a compartir dulces con los niños del pueblo. Además, uno de los bailarines nos regaló una preciosa obra de madera con nuestros nombres, un recuerdo que siempre guardaremos con muchísimo cariño.

Fue un día muy feliz y lleno de emociones. Tantas, que se nos olvidó el certificado de boda en la casa de la familia real y tuvieron que llevárnoslo al día siguiente al hotel. De regreso nos llevaron hasta el hotel y pasamos todo el camino riéndonos con Cristina y ansiosos por recibir las fotos y el vídeo de la boda, que nos enviarían un par de días después.

Llegamos al hotel muy cansados y, como ya habíamos cenado durante la celebración, solo nos quedaba descansar e intentar asimilar todas las emociones que habíamos vivido.

GILI – Nuestro viaje a Indonesia Ii

Día 13

Nos levantamos rumbo al Puerto de Padang Bai para tomar un barco hasta las islas Gili. El barco lo compramos en Go12, una web en la que pudimos adquirirlo fácilmente, y reservamos actividades con GetYourGuide para realizar en la isla.

Estuvimos averiguando sobre las tres islas Gili y decidimos quedarnos en Trawangan, que combina la tranquilidad con la vida nocturna. Como el barco salía muy pronto, llegamos temprano al puerto y esperamos a que nos llamaran para embarcar. Nosotros viajábamos solo con mochilas y dejamos las maletas grandes guardadas en el hotel.

Vimos toda la “maravilla” que supone ver a los cargadores jugar a lanzarse las maletas cuesta abajo y frenar con una chancla, por lo que el riesgo de viajar con grandes equipajes a las islas Gili no es ninguna broma. Una vez las maletas estuvieron a bordo, pudimos subir, nos acomodamos y, mientras salía el barco, el sueño pudo con nosotros.

Nos dormimos durante el viaje hasta que, de un momento a otro, una gran ola chocó con el barco y se sintió como si todos los cristales se rompieran. Pero no, simplemente era por la velocidad. Ahí se terminó el dormir. Todo el camino estuvimos prácticamente bajo el agua; las olas eran fuertes y daba un poco de mareo. Intentamos calmarnos y mantener la tranquilidad hasta que llegamos a la isla. El barco iba haciendo paradas para dejar a cada grupo en la isla que había comprado.

Nosotros llegamos a Trawangan, a un puerto muy sencillo pero bonito. Respiramos un poco y nos pusimos a alquilar bicicletas. Nos dieron un candado con clave y debíamos devolverlas en el mismo sitio antes de marcharnos. Nos costó muy poco por dos días de alquiler y nos pusimos, con GPS en mano, rumbo al hotel. Era muy divertido ir esquivando caballos, burros, personas y otras bicicletas.

Al llegar al hotel aparcamos las bicicletas, hicimos el check-in y exploramos lo bonito que era: su piscina, las hamacas y la habitación amplia con una temperatura ideal. Nos cambiamos para ir a la playa; la verdad es que, después de tantos años sin montar en bicicleta, lo hicimos genial.

Llegamos a una playa donde decían que se avistaban tortugas. Alquilamos gafas de snorkel y aletas. Dejamos nuestras cosas en una hamaca pública, ya que nadie nos cobró nada, así que, confiando en que no nos robaran, nos fuimos al mar en busca de corales y, por supuesto, de tortugas marinas.

Después de un rato, nos encontramos una comiendo tranquilamente y nos pusimos a seguirla, como dos tiburones detrás de ella, hasta que nos agotamos. Además, cada vez se iba más hacia mar adentro y era más peligroso. Volvimos a la orilla, nadamos un poco y regresamos a la playa a descansar.

Devolvimos las gafas y las aletas, por menos de 2 € el alquiler del día completo. Volvimos al hotel para bañarnos en la piscina, aunque solo dimos un chapuzón porque la idea era ir a ver la puesta de sol en la playa.

Nos cambiamos y nos pusimos en modo playero, y en bicicleta fuimos en busca de la zona de la puesta de sol y más fiestera. Buscamos un buen sitio en primera línea de playa, donde nos pedimos unos mojitos y disfrutamos del atardecer. Era divertido ver a los turistas haciéndose todo tipo de fotos, incluso encima de un caballo.

Al caer la noche, nos fuimos en busca de la cena. Miramos varios restaurantes y muchos nos llamaban la atención. Pero antes nos enteramos de que había una zona de cine gratis y que, al comprar algo de beber, regalaban palomitas. Miramos el horario de las películas y nos organizamos para cenar y luego volver a la siguiente proyección.

Nos decidimos por un restaurante tipo buffet, al aire libre, donde los chefs cocinaban diferentes tipos de pasta, carne y hasta platos más especiales. Lo disfrutamos mucho porque de fondo se escuchaba el mar, había música de ambiente y la comida estaba muy buena, además de tener un precio muy bueno en comparación con España.

Dejamos las bicicletas en el parking del restaurante y fuimos caminando, ya que estaba muy cerca, al cine al aire libre. Aún no había terminado la película anterior, así que esperamos un poco para poder elegir un buen sitio. Cuando terminó, nos tumbamos en unas hamacas súper cómodas con nuestra bebida y las palomitas gratis.

La película estaba en inglés, pero se entendía muy bien. Disfrutamos de una historia que no conocíamos, pero que tenía de todo: acción, amor y hasta misterio. No sabríamos cómo se llamaba, pero nos gustó mucho. Fue una experiencia muy diferente ver una película con las olas del mar rompiendo en la orilla.

Al terminar la película ya estábamos agotados y nos fuimos al hotel, pasando por toda la zona de fiesta, que estaba llena de música y buen ambiente. Llegamos al hotel a descansar y dormir.

GILI – Nuestro viaje a Indonesia Ii

Día 14

Nos despertamos y desayunamos a la carta en el restaurante del hotel, que además tenía una sección de buffet para completar lo que quisieras. Al terminar, en bicicleta nos fuimos rumbo al puerto, nerviosos porque en las aplicaciones del tiempo decía que había una alta probabilidad de lluvia.

Sin embargo, llegamos a la actividad que teníamos programada para hacer snorkel, ver corales y conocer las famosas esculturas que están bajo el mar. La excursión prometía y, de momento, el tiempo acompañaba.

Aparcamos las bicicletas y nos acercamos a informar de que habíamos llegado a la actividad. Nos dijeron que teníamos que esperar a que llegaran los demás compañeros de la excursión, así que mientras tanto estuvimos buscando cangrejos en la orilla de la playa.

Cuando llegó el barco a recogernos, nos subimos. Éramos un grupo pequeño: una familia y un par de parejas. Nos preguntaron si sabíamos nadar, para dar chalecos solo a los que no sabían. Nosotros, que somos unos experimentados en el agua, preferimos decir que necesitábamos salvavidas por si acaso. Y fue la mejor decisión, porque una vez empezamos a nadar para ver los corales y las esculturas sumergidas, se agota bastante y con el salvavidas se pueden hacer pausas y flotar.

La embarcación salió junto con varias más hasta un punto común, donde nos empezamos a tirar uno a uno con las aletas y las gafas para hacer snorkel. Una vez en el agua, empezamos a nadar siguiendo a un guía que nos indicaba dónde había tortugas y el punto para sumergirnos a ver las esculturas. Al principio es fácil porque estás empezando, pero poco a poco el oleaje no te deja ver al grupo, te cansas y vas avanzando más lento.

Estuvimos nadando casi 20 minutos hasta que empezaron a aparecer tortugas marinas que nadaban a nuestro alrededor y curiosos peces se acercaban a saludar. A los diez minutos siguientes llegamos a la zona de las esculturas, que al principio estaba muy llena y costaba sumergirse. Antonio me entregó su chaleco salvavidas y se sumergió. Intentamos hacer fotos, pero salieron muy mal. Yo, que soy más delgada, por más que lo intenté no lo logré.

Fue bonito ver las esculturas, pero ya hacía falta tomar algo de agua no salada y continuar la excursión en otro punto. Nos subimos a la embarcación que nos esperaba cerca de las esculturas. Nos dieron agua a todos, que refrescaba mucho el cuerpo, y nos lavamos la cara. Vimos que unos de nuestros compañeros eran de origen indio y no habían podido terminar el primer circuito porque no sabían nadar; el barco los había recogido antes. Nosotros, que íbamos nadando, no nos dimos cuenta, pero el barco siempre iba cerca por si alguien necesitaba ayuda.

Continuamos en el barco hasta otra parada para apreciar corales muy de cerca y muy bien conservados. En esa zona fuimos prácticamente solos, para poder protegerlos. Supongo que los barcos van por turnos para evitar agobiar a los peces o dañar los corales. Nos bajamos a nadar y a alimentar a los peces. Pero el chico indio saltó y, como no sabía nadar, se acercó demasiado a uno de los corales y se lastimó, así que, sin entender el idioma, presenciamos una discusión en hindi mientras su pierna sangraba. Nos sorprendió, porque ¿cómo te arriesgas a una excursión en el mar sin saber nadar?

Volvimos al barco para ir a otro punto, donde en teoría conoceríamos las tres islas que componen las Gili. Pero de un momento a otro empezó a llover y vimos tablas de madera flotando en el mar. Antonio, en forma de broma, dijo: “esa fue la embarcación anterior que se hundió”. Y, a menos de dos minutos, empezamos a ver una embarcación completamente hundida, mientras otro barco rescataba a los turistas. Ya nerviosos por el panorama, nuestra embarcación se acercó a un punto a esperar que dejara de llover, pero cada vez llovía más fuerte.

Estuvimos esperando aproximadamente una hora hasta que el capitán decidió que volveríamos al puerto y que no veríamos una de las islas. Nos subimos al barco bajo la lluvia, que incluso entraba dentro, y con la marea más alterada que cuando habíamos parado a esperar.

Del punto en el que estábamos hasta el puerto fueron unos treinta minutos, pero íbamos todos nerviosos por la lluvia y las olas. Cuando vimos el puerto fue un alivio, porque al menos ya estábamos cerca para poder nadar si algo pasaba. Llegamos y volvió la calma, más o menos, porque cuando fuimos a buscar nuestras bicicletas las carreteras estaban inundadas y no se veía nada por el agua. Esperamos un poco y nos fuimos lentamente en bicicleta hasta el hotel.

Al llegar nos cambiamos porque veníamos empapados y esperamos a que dejara de llover. Cuando paró, literalmente salió el sol y secó todo rápidamente, volviendo el lugar a ser paradisíaco otra vez.

Pedimos comida a la habitación para no tener que salir bajo la lluvia, así que comimos tranquilos y después salimos en bicicleta hacia la zona de fiesta para buscar algo de ambiente. Nos encontramos una fiesta de espuma, música y trampolines por niveles.

Nos quedamos allí disfrutando de la gente saltando una y otra vez. Incluso nos animamos a saltar nosotros, aunque una vez estás arriba dan bastante nervios. Toca no pensarlo mucho, porque si no es muy fácil darse la vuelta y bajar. Tanto Antonio como yo saltamos, pero solo una vez, porque se siente un vértigo interesante. Luego jugamos con la espuma y nos tomamos un par de cócteles.

Volvimos al hotel para disfrutar de la piscina y cenamos muy a gusto, dejando todo organizado porque al día siguiente volvíamos a Bali.

UBUD – Nuestro viaje a Indonesia Ii

Día 15

Nos levantamos a desayunar y dejamos las bicicletas listas, con las mochilas preparadas, para irnos hasta el puerto y tomar el barco rumbo a Bali. En la fila compramos un par de tortugas de madera con el caparazón que decía “Bali” como souvenir para nuestros padres.

Durante la fila nos hicimos amigos de unos españoles que estaban de viaje de novios como nosotros, y estuvimos hablando y compartiendo anécdotas. Hubo bastante tiempo porque el barco se retrasó.

Incluso en el barco nos sentamos juntos para seguir charlando. Mientras hablábamos, olvidamos por un momento la marea alta y el oleaje, pero de un momento a otro la chica se tuvo que ir corriendo porque se mareó. Se quedó pálida y poco a poco fue recuperando fuerzas. Nosotros intentamos dormirnos, pero es una sensación incómoda el trayecto en barco desde las islas Gili.

Al llegar al puerto fue un alivio total. Salimos a negociar con los mil taxis y conductores particulares que ofrecían servicio, pero todos querían cobrar de más, así que esperamos pacientemente. Finalmente caminamos fuera de la zona del puerto y conseguimos un conductor que nos llevó hasta el hotel a un precio razonable.

Llegamos al hotel ya por la tarde. Nos devolvieron las maletas que habíamos dejado guardadas y organizamos todo con calma. Revisamos las actividades que nos quedaban y quisimos probar alguna más, porque teníamos el día siguiente libre para ir solo a la playa. Buscamos alternativas: el hotel ofrecía muchas actividades y, al salir a mirar, nos encontramos con calles largas llenas de opciones.

Vimos la posibilidad de nadar con delfines, que nos llamó mucho la atención, y nos pusimos manos a la obra. Preguntamos en varias tiendas para comparar servicios y precios. Pasamos la tarde caminando y disfrutando de las tiendas locales, que tenían muchos souvenirs y artesanías curiosas. Recuerdo que compramos un juego de Uno con tarjetas representativas de Bali.

Mientras caminábamos, vimos la opción de asistir en el Ubud Palace a una danza tradicional Legong. Compramos la entrada a las afueras del recinto y llegamos pronto para conseguir el mejor sitio posible. Nos sentamos en el suelo a esperar, mientras mirábamos también las alternativas para la actividad de nadar con delfines, ya que seguíamos con nuestra investigación. Finalmente, según todos los factores, la mejor opción era la del hotel, así que más tarde, cuando volvimos, lo confirmamos para dejarlo reservado.

El Legong empezó con el recinto muy lleno y nosotros en primera fila, disfrutando de los músicos en vivo, los bailes, los olores y los disfraces. Es una representación muy bonita, en la que los bailarines pasan años formándose para alcanzar ese nivel de perfección en los movimientos. Además, al estar tan cerca, pudimos disfrutar de la aparición de Hanuman, que en mitad de la coreografía salió a interactuar con los espectadores, lo que fue muy gracioso.

Al terminar el espectáculo salimos muy contentos rumbo a la zona del hotel, buscando una peluquería para hacerme unas trenzas. Creo que fue lo más caro que pagamos en todo el viaje, porque por más que intenté negociar no bajaron de los 11 € por unas simples trenzas para los tres pelos que tengo (literal, tengo el pelo corto). Aun así, las quería y me las hice. Antonio esperó fuera y no tardé nada porque era algo rápido.

Pagamos y nos fuimos en busca de la cena. Llegamos a un restaurante justo enfrente del hotel que era de sushi y estaba todo delicioso. Al terminar, nos fuimos a dormir porque al día siguiente ya teníamos reservada otra actividad, una que nos hacía mucha ilusión.

BATUR – Nuestro viaje a Indonesia Ii

Día 16

Nos despertamos justo antes de que saliera el sol, alrededor de las 3 a. m., porque venían a recogernos al hotel para llevarnos a disfrutar del amanecer en el volcán Batur. Listos con ropa de deporte, esperamos en la puerta a que pasaran por nosotros. El problema fue que pasó una hora y no llegaron, lo que fue un poco frustrante, porque llamábamos y nadie respondía.

Llegamos incluso a pensar en volvernos a la cama, porque si nadie contestaba, parecía que se habían olvidado de recogernos. Seguimos esperando un poco más hasta que apareció por fin el conductor con otra pareja, un argentino y una australiana. En ese momento no estábamos en nuestro mejor humor, ya que esperábamos empezar la actividad a las 3 a. m. y ya íbamos con retraso, con miedo de no ver el amanecer en el volcán.

El conductor iba a gran velocidad porque él también sabía que íbamos con retraso, así que, en una carrera por llegar, conseguimos llegar hasta la base del Batur, donde nos esperaba una guía local que nos ayudaría a subir hasta la cima. Nos entregó linternas para alumbrar el camino mientras subíamos y un par de bastones para ayudarnos en la subida.

Empezamos a subir. Al principio era fácil, pero luego se iba complicando. Antonio y yo siempre hemos tenido buena forma física, así que subimos muy animados, tanto que nuestros compañeros pensaban que éramos profesionales en subir montañas. Pero no, simplemente era buena actitud y ganas de ver el amanecer desde la cima.

En el camino nos encontramos con más grupos subiendo y, en una zona, muchos jeeps esperando el amanecer. Cuando llegamos arriba, el sol ya empezaba a asomarse, así que llegamos justo a tiempo, aunque con el sol saliendo. Fue bonito ver el amanecer juntos, pero con esa pequeña sensación agridulce por no haber llegado antes debido al retraso del conductor.

Nos sentamos a ver el amanecer mientras nos traían el desayuno, y, para nuestra sorpresa, por llegar tarde solo nos tocó una parte del desayuno. Yo suelo ser muy expresiva, así que me sentó bastante mal la excursión, aunque intentaba disfrutarlo. No tenemos muchas fotos de mi cara en ese momento, aunque luego, al ver que se podía jugar con el humo del volcán, digamos que aflojé un poco.

Después de un rato, cuando el sol ya estaba arriba, empezamos a bajar. Fue entonces cuando descubrimos todo lo que habíamos subido, porque con luz no habríamos llegado de ninguna manera. Era peligroso; los zapatos se nos hundían en la tierra volcánica. La bajada del Batur fue toda una misión complicada, pero lo logramos.

Atravesamos varios huertos y cultivos de los locales que estaban trabajando y nos saludaban. Incluso nos encontramos algunos perros en el camino que nos acompañaron hasta llegar a la casa donde nos recogerían para llevarnos a unas termas naturales generadas por el volcán.

Nos llevaron hasta unas piscinas naturales, a las que nos habíamos olvidado de traer el bañador. Entre tanta actividad acuática se nos pasó por alto que esta también incluía el acceso a las piscinas. Así que pensamos que seguro habría tiendas enfrente, y así fue: compramos un par de bañadores de dudosa procedencia, porque no parecían nuevos, pero queríamos entrar al agua, así que los compramos.

El sitio incluía toalla y taquilla, así que, dejando atrás todo el disgusto, nos dispusimos a descansar en las piscinas, relajar el cuerpo después de tanto ejercicio y reírnos de todo lo que nos había pasado esa mañana. Fue muy agradable: había varias piscinas con distintas temperaturas y, además, nos dieron una bebida gratis que Antonio se bebió él solo, porque era de frutas que a mí no me gustaban.

Al salir de las piscinas volvimos al transporte rumbo al hotel y nos despedimos de la otra pareja. Intentamos dormir un poco en el camino para recuperar fuerzas. Por la tarde fuimos a la piscina del hotel y estuvimos en modo relax hasta que cayó la noche. Entonces salimos a cenar a un restaurante de sushi buenísimo, con una gran variedad de platos y una atención excelente. Así terminó nuestro día: conquistando un volcán y terminando entre piscinas naturales y la piscina del hotel.

UBUD – Mason Elephant Park & Lodge – Nuestro viaje a Indonesia Ii

Día 17

El día de hoy nos deparaba algo muy bonito y muy deseado: el segundo después de nuestra ceremonia de boda al estilo balinés. Nos levantamos pronto para desayunar y esperar a que vinieran a recogernos para llevarnos a la Mason Elephant Park & Lodge, un santuario de elefantes de la isla de Sumatra rescatados de trabajos forzados. En este entorno les brindan la posibilidad de vivir más tranquilos, con cuidados y alimentación, y a cambio comparten espacio con los visitantes.

Al llegar, todo era muy bonito y pudimos ver a los elefantes nada más entrar. Nos cambiamos de ropa por el bañador para poder bañarlos, alimentarlos y jugar con ellos. Lo primero que hicimos fue saludar a los elefantes para que tuvieran confianza y quisieran interactuar con nosotros.

Después de saludarlos y darles besos en la trompa, dimos un paseo juntos con los mahouts, que son los cuidadores de los elefantes, en un enorme lago en el que flotaban las cacas de los elefantes 🐘💩 y donde una persona estaba pendiente de recogerlas. Fue un paseo muy agradable en el que el elefante lanzaba agua, se sumergía y jugaba con su trompa.

Al terminar el paseo en el lago, nos fuimos a otra sección donde pudimos alimentar a los elefantes. Pero eran muy traviesos y literalmente me robaron la cesta de frutas, llevándose todo muy rápido. Fue divertido, pero corto. Antonio tuvo más suerte y pudo darles las frutas poco a poco. Eso sí, siempre guardando las distancias, porque cada elefante tiene su personalidad y no todos tienen la misma confianza para interactuar con los humanos, especialmente algunos que han pasado por trabajos forzados.

Después dimos un paseo por el bosque tropical con un enorme elefante que, durante los recorridos, ayuda a hacer la digestión. Su mahout nos contó que cada elefante tiene asignado un cuidador de por vida, que les enseña a convivir con los humanos. También nos explicó que no todos quieren hacerlo, por lo que algunos viven en zonas protegidas sin contacto directo. Además, el parque se mantiene gracias a las entradas, que sirven para cubrir la alimentación y cuidados, ya que los elefantes comen muchísimo y requieren muchos recursos.

Después del paseo nos quedamos en otra zona donde pudimos bañar a los elefantes más jóvenes y visitamos el museo de los elefantes, donde había varias obras de arte relacionadas con ellos y donaciones de famosos para conservar el santuario. También vimos a otros compañeros del recinto, como peces, tortugas, pájaros y monos que conviven allí.

Cuando terminamos el recorrido, nos fuimos a la tienda de recuerdos y nos gustaba todo: era precioso. Vimos que había obras hechas por elefantes que podías comprar en papel y lienzo. Y cuando nos disponíamos a elegir una, los cuidadores nos contaron que también era posible que un elefante te pintara una camiseta personalizada, así que, por supuesto, quisimos hacerlo. Compramos un par de recuerdos muy bonitos relacionados con los elefantes y nos fuimos a informarnos sobre cómo hacer la camiseta personalizada.

Fuimos a una pequeña tienda donde nos explicaron que el elefante crea la obra que desea utilizando unos pinceles especiales, pero que es posible que se salga del lienzo, nos pinte a nosotros o que la obra no sea “perfecta”. Nos insistieron en que debían explicarlo desde el principio, porque es una obra de un elefante y, a veces, algunas personas se decepcionan si no reciben lo que esperan. Aun así, sabiendo que lo más probable era que nos pintara los bañadores, decidimos hacerlo. Fue una experiencia muy bonita que aún hoy recordamos al ver nuestros bañadores pintados de verde.

Nuestro viaje a Egipto - a2travelers
Nuestro viaje a Egipto - a2travelers

Nos llevamos nuestra camiseta hecha en vivo por un auténtico artista, con un talento único, e incluso nos dieron un diploma firmado. Así dimos fin a esta actividad tan maravillosa. Nos cambiamos, dejamos los bañadores mojados y nos llevaron de nuevo a la zona del hotel, donde dejamos todo y nos fuimos a comer. Disfrutamos de unas pizzas de sabores poco habituales, pero eran lo más fácil y cercano.

Después nos fuimos caminando literalmente por la carretera, porque en Bali los andenes no abundan, en dirección al Bosque de los Monos, ya que queríamos que el día siguiera enfocado en los animales. Caminando entre coches, personas y monos, llegamos al bosque, donde no hacía falta ni preguntar si era el sitio correcto: los traviesos monos ya estaban en la entrada esperando qué podían robar.

Pagamos 6 € cada uno para entrar y comenzamos a recorrer un lugar muy bonito, con árboles y explicaciones sobre sus usos. Poco a poco, los monos empezaron a aparecer desde cualquier rincón del bosque. Nos acercamos a la zona donde estaban comiendo para verlos convivir entre ellos, mientras hinduistas llevaban ofrendas a sus dioses con trajes tradicionales.

Los monos empezaron a saltar encima de nosotros intentando robarnos, pero ya íbamos preparados. Fue muy divertido y nos tomamos fotos muy bonitas, eso sí, siempre teniendo cuidado de que ningún mono se llevara nada.

Al salir del templo nos fuimos a ver unas tiendas de artesanía que trabajaban la madera para hacer representaciones de la vestimenta típica de los locales en ceremonias. Antonio se enamoró de unas piezas de color rojo que medían aproximadamente 80 cm, y cruzamos los dedos para que cupieran en la maleta. Además, entramos en el juego de regatear y conseguimos un buen precio.

Cuando empezamos a caminar hacia el hotel, los monos estaban en modo banda, queriendo hacer travesuras, así que íbamos muy prevenidos. Corrimos para evitar que nos robaran algo y caminamos por las estrechas calles de Ubud, apreciando los estilos de las casas balinesas. Una vez llegamos al hotel, descansamos y cenamos para tener fuerzas, porque al día siguiente nos recogían muy temprano.

LOVINA – Nuestro viaje a Indonesia Ii

Día 18

Nos levantamos antes de que saliera el sol, con el bañador puesto y un jersey porque a esa hora refrescaba. Pasó por nosotros un taxi que nos llevó hasta la zona de Lovina. Desde Ubud hasta Lovina tardamos aproximadamente una hora o algo más, y nos fuimos hablando durante el trayecto.

Al llegar, todavía hacía algo de fresco y nos preocupó pasar frío durante la excursión. Intentamos buscar por los alrededores de la playa si vendían algo, pero era muy pronto y solo había turistas como nosotros esperando a que empezara la actividad.

Cuando el sol empezó a salir, las embarcaciones comenzaron a organizarse en barcas de madera con un doble soporte a los lados para equilibrarlas frente al viento y las olas del mar. Salieron varias, pero nosotros aún estábamos esperando. Hasta ese momento no sabíamos que nuestra excursión era privada.

Lo descubrimos cuando en el barco solo íbamos el capitán y nosotros dos. Empezamos a navegar con los primeros rayos de sol sobre un mar luminoso de tonos azules que parecían estrellas reflejadas en el agua. Y, para nuestra sorpresa, el mar estaba caliente, así que el frío era lo que menos íbamos a pasar.

Navegamos hasta un punto para ver el amanecer en el mar, donde nos encontramos con otras embarcaciones. Entre los rayos de sol, la gente empezó a gritar porque los delfines llegaban a saludar. El guía nos explicó que los delfines son muy juguetones y les gusta ver los barcos como obstáculos para jugar y competir entre ellos.

Los delfines aparecían, saludaban y se iban, por lo que capturarlos en fotos fue más difícil, pero en vídeo sí fue posible, y era muy bonito verlos saltar tan alto. Luego las embarcaciones se movieron a un segundo punto, donde sabían que los delfines estarían “desayunando” medusas.

Llegamos allí y los delfines estaban como locos: saltando, jugando, lanzando agua y haciendo que todos los turistas adivináramos dónde iban a aparecer cada vez. Fue muy divertido, entre gritos de emoción y silencios absolutos esperando su aparición.

Pasamos al tercer punto, donde ya no había tantas embarcaciones, solo un par. Nos pusimos las gafas de snorkel y nos lanzamos al agua, agarrados a un palo de madera sujeto con cuerdas a la embarcación, para poder ver a los delfines bajo el agua y también indicar al capitán hacia dónde se movían. Suena ideal, pero fue peligroso, algo que entendimos después, porque en ese momento simplemente nos dejábamos llevar, nadando entre medusas que rozaban el cuerpo mientras seguíamos a los delfines a gran velocidad.

Después de jugar a buscarlos y ver varios grupos con sus crías nadando, nos cansamos un poco y nos fuimos a ver corales y peces en un ambiente más tranquilo y sin tanta adrenalina, donde pudimos alimentarlos y nadar.

La excursión terminó y nos llevaron de regreso al hotel, donde nos cambiamos, comimos y nos fuimos a visitar un templo que habíamos visto la noche anterior, pero que ya estaba cerrado cuando quisimos entrar.

Ya conociendo el horario, nos fuimos a conocer el Saraswati Temple, que es de acceso gratuito. Nos pusimos traje completo de color morado con sarong, una especie de camisa larga, cinturón y, en la cabeza, Antonio llevaba un gorro y yo una especie de cuerda a juego.

El templo era muy bonito porque tenía un gran estanque en el centro con juegos de agua, donde había que tener cuidado para no terminar empapados. La decoración era la misma que en otros templos, pero en este caso predominaban los tonos dorados y morados, con telas y sombrillas. Incluso había unas sillas que parecían tronos.

Caminamos por el templo y nos lavamos las manos con los diferentes chorros de agua que salían de las estatuas vestidas con sarongs negros y morados. Era un templo junto a la carretera, pero dentro se respiraba una tranquilidad absoluta, más allá del sonido del agua.

Al terminar el recorrido, nos fuimos caminando hasta el hotel, mirando tiendas de souvenirs y comprando algunos detalles que nos hacían falta. Llegamos al hotel y pedimos un taxi para irnos con las maletas hasta Denpasar, donde pasaríamos la noche.

Durante el trayecto en taxi disfrutamos de las vistas: arrozales, templos a pie de carretera y pequeños pueblos. Llegamos al hotel, que era muy curioso, porque eran pequeñas cabañas individuales con el baño sin techo, por lo que se podían ver las estrellas por la noche y las nubes durante el día.

Dejamos las maletas y nos dimos un baño en la piscina del hotel. Cenamos allí mismo y nos fuimos a dormir, porque había sido un día agotador de mucho mar, y necesitábamos recuperar fuerzas.

DENPASAR – Nuestro viaje a Indonesia Ii

Día 19

Nos despertamos con el bañador listo para irnos a explorar la playa. Para llegar tuvimos que caminar un buen tramo, cruzando puentes y largas calles, hasta que empezamos a entrar en una zona más turística, llena de tiendas de souvenirs y restaurantes.

Todas las tiendas eran muy coloridas y estaban llenas de cosas curiosas que, por supuesto, Antonio quería ver todas, pero le convencimos de ir primero a la playa y luego, a la vuelta, mirarlas con calma. Así fue: primero nos fuimos a un supermercado para comprar algunas cosas para picar y nos instalamos en la playa. Compramos un par de bebidas y disfrutamos del sol. Nos bañamos un par de veces hasta que decidimos ir a buscar cangrejos, porque justo en esa zona había muchos tipos de cangrejos de diferentes colores.

La playa era curiosa porque se mezclaban dos tipos de turistas: los que se habían puesto al sol hasta quemarse y estaban completamente rojos, y los asiáticos totalmente cubiertos de arriba a abajo para que el sol no les tocara.

Durante todo el viaje Antonio había querido probar la fruta del durián, pero no la habíamos encontrado. Hasta que en un Indomaret conseguimos helados de durián. Yo me compré uno normal y Antonio el de durián. Sabía muy raro, como a cebolla, y además olía bastante fuerte. La verdad es que no le gustó mucho, aunque él seguía con la idea de probar la fruta en sí algún día.

Cuando nos entró el hambre nos fuimos a un restaurante de comida coreana y pedimos una especie de box que incluía una gran variedad de platos preparados. Estaba todo muy bueno. Al terminar de comer volvimos a la playa para disfrutar de la puesta de sol y despedirnos de Indonesia, un lugar que nos encantó y que está cargado de hermosos recuerdos para nosotros.

Volvimos caminando al hotel y paramos en todas las tiendas, por si esto lo lee algún amigo: aquí conseguimos varios de los recuerdos que les trajimos.

A mitad del camino nos encontramos con un cajero y retiramos dinero para una cita que teníamos en un par de meses, porque nuestros amigos Pedro y Luna se casaban y su viaje sería a Indonesia, así que les dimos parte del regalo de novios en rupias indonesias.

Continuamos hasta el hotel, donde nos quedaba organizar las maletas y cenar. Como no queríamos tardar mucho, fuimos al Burger King más cercano, que literalmente estaba en la esquina del hotel, y con la corona en la cabeza nos comimos algo rápido. Luego volvimos al hotel para terminar de organizar todo y descansar.

QATAR – Madrid – Nuestro viaje a Indonesia Ii

Día 20 – 21

El último día en Indonesia nos levantamos pronto para llegar al aeropuerto. Revisamos una vez más el peso de las maletas, redistribuimos cosas entre ellas y dejamos en el equipaje de mano una ropa de cambio para las actividades que teníamos programadas al llegar a Qatar.

En el aeropuerto nos tomamos la última foto con el barong y con muchas decoraciones indonesias. Pasamos por la zona de souvenirs, y es que caemos en todas: compramos vino de arroz, cremas especiales asiáticas y un par de recuerditos más. Desayunamos algo ligero porque no teníamos mucha hambre y en el avión seguro nos darían algo.

Tan pronto subimos al avión, nos quedamos dormidos, lo cual fue perfecto para llegar con energía después. Llegamos a Qatar en un abrir y cerrar de ojos (porque íbamos dormidos). Una vez allí, primero tuvimos que ver cómo era la salida, ya que llevábamos vino de arroz y, al ser un país musulmán, no se permite la entrada de alcohol. Intentamos dejarlo en consigna, pero no fue posible, y al salir nos lo decomisaron. Vaya disgusto; y con eso el tío Zaca se quedó sin su souvenir.

Llegamos hasta la puerta de encuentro donde nos esperaba nuestro guía, un joven en una camioneta 4×4 blanca. Nos llevó hasta el gran Desierto de Arabia. En el camino vimos las afueras de Doha, con mucha industria petrolera, grandes mansiones y una infraestructura de carreteras impresionante.

En el desierto lo primero que nos encontramos fueron camellos esperando a los turistas para dar paseos. En esta ocasión no quisimos hacerlo, porque ya habíamos estado con muchos animales durante el viaje y preferimos evitar cualquier cosa en la escala.

Así que disfrutamos del té de bienvenida, bien caliente, aunque el calor del desierto era intenso. Había varias jaimas decoradas e incluso un parque infantil que el sol estaba derritiendo.

Esperamos un poco y luego volvimos al coche, porque la siguiente aventura era subir las dunas del desierto en 4×4. Una actividad que suena normal hasta que estás dentro del coche, en ángulos imposibles, con arena por todos lados.

Es una sensación intensa: parece una película de acción, y mis caras en fotos y vídeos lo dicen todo. Lo pasé bastante mal; incluso sentía el estómago vacío de los nervios.

Subíamos, bajábamos, íbamos de lado. Mientras yo sufría, Antonio y el guía disfrutaban de la experiencia y, en parte, también de mi cara. Bajamos hasta el mar Pérsico y después fuimos a lo alto de una duna para hacer sandboarding, que consiste en lanzarse con una tabla cuesta abajo. Es una sensación de velocidad, nervios y mucha arena. Lo hicimos varias veces: tirarse era fácil, pero subir de nuevo era todo un reto.

Después de acabar completamente llenos de arena, nos movimos a otro punto para disfrutar de la puesta de sol. Sacamos fotos increíbles con un cielo dorado espectacular. Al terminar, volvimos al punto inicial, donde retomamos la ruta atravesando otra vez las dunas en el coche, una experiencia muy impresionante que, sinceramente, no creo que repita en coche; mejor en dromedario o caminando.

De regreso al aeropuerto, el guía nos contó que había vivido en Barcelona y por eso hablaba tan bien español. Nos despedimos de él y entramos de nuevo en el proceso de check-in. Buscamos un baño para cambiarnos y quitarnos un poco la arena que teniamos sobre todo el cuerpo, ya con un look más de aeropuerto estabamos listos para esperar nuestro siguiente vuelo.

Nos dirigimos a la puerta de embarque, que salía unas horas después, e intentamos hacer una pequeña siesta. Pero el frío del aeropuerto era insoportable; el aire acondicionado estaba tan fuerte que no dejaba dormir, una sensación bastante desagradable. Después de no poder descansar, finalmente embarcamos. Cenamos en el avión y el resto del tiempo lo usamos para organizar las fotos de este maravilloso viaje que os hemos contado aquí.

Llegamos al día siguiente a Madrid, nuestro hogar, más que contentos, enamorados de una cultura tan auténtica y espiritual, y felices de haber vivido tantos encuentros con animales y experiencias inolvidables.

Nuestro viaje a la Indonesia II

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Nuestro viaje a Indonesia II