Redacción y sabiduría: Alice
Anotaciones y edición: Antonio
Esta es la segunda parte de nuestro viaje a Indonesia II. Si todavía no has leído la primera de nuestro viaje, te recomendamos empezar por ella, donde te contamos nuestra ruta por Java, la visita a los impresionantes templos en Bali. Además, si estás organizando tu aventura por este increíble país, no te pierdas nuestra Guía Completa de Indonesia, donde encontrarás toda la información necesaria para preparar tu viaje.
En esta segunda parte nos despedimos de nuestros guías para aventurarnos por libre a descubrir la isla de Bali, escaparnos hasta las islas Gili y convivir con algunos de los animales más emblemáticos de Indonesia, como elefantes, monos y delfines. Un viaje que lo tiene todo desde templos sagrados, arrozales infinitos y experiencias tan especiales como hacer nuestra propia boda balinesa en una casa tradicional de la familia real.
También dejamos atrás los circuitos más tradicionales para movernos como un local más, utilizando todo tipo de transportes como lanchas rápidas, embarcaciones de madera, bicicletas, taxis e incluso largas caminatas para llegar casi hasta las nubes para ver el amanecer en el volcán Batur. Aprovechamos cada día al máximo para conocer la historia, la cultura y la forma de entender la vida de los balineses, viviendo una experiencia mucho más auténtica que recordaremos para siempre.
Para disfrutar completamente el artículo recomendamos leerlo completo . Pero si no tienes tiempo o solo te interesa una sección, puedes ir directamente haciendo clic en su título 🖱️(nos caerás un poco peor, pero no pasa nada).
Día 11
Día 12
Día 13
Día 14
Día 15
Día 16
Día 17
Día 18
Día 19
Día 20-21
¿Quieres que te ayudemos? ✉️
Si estás organizando un viaje a Indonesia y te gustaría hacerlo igual o similar al nuestro, contáctanos y te ayudamos a organizarlo para que disfrutes al máximo del país de templos, bailes y ritos únicos en el mundo. Nosotros lo hicimos de forma organizada y la experiencia fue inmejorable. Te acompañamos en todo el proceso para que vivas una experiencia relajada y sin preocupaciones, olvidándote de horarios, transporte, entradas, comidas o de pasar horas comparando opciones.
Te dejamos aquí el resumen de nuestro Viaje a Indonesia en 21 días:
Día 1-10: Leer primera parte de nuestro viaje
Día 11: Denpasar, Mengwi y Tabanan
Día 12: Ubud
Día 13: Gili
Día 14: Gili
Día 15: Ubud
Día 16: Batur
Día 17: Ubud – Mason Elephant Park & Lodge
Día 18: Lovina
Día 19: Denpasar
Día 20 – 21: Qatar – Madrid
UBUD – Nuestro viaje a Indonesia Ii
Día 12
Nuestro primer día sin guía en Bali empezó tomando el desayuno con calma en una cafetería donde estaba incluido el desayuno del hotel y tenían muchas opciones recién preparadas. El día que habíamos organizado estaba cargado de simbolismo y emoción para nosotros porque, después de contactar con muchas personas desde España, habíamos logrado encontrar a Cristina, una balinesa que nos ayudó a planificar una ceremonia al estilo balinés dentro de una familia con título real.
Después de desayunar pedimos un Grab que nos llevó hasta un taller de plata para crear joyas personalizadas, donde nuestro propósito era hacer unos anillos para recordar nuestra boda al estilo balinés. Al principio todo empezó muy sencillo, mirando los diseños, eligiendo el tamaño y pesando la plata.
Hasta que llegó el maestro artesano y nos puso a trabajar. Primero fundimos la plata a altas temperaturas, que con el calor que hacía se sentía aún más intenso tener que trabajar junto al fuego.
Luego pasamos a moldearla con golpes y a pasarla por una fina máquina que la convertía casi en un hilo, del que había que tirar con mucha fuerza. Cuando ya teníamos la plata moldeada, pasamos a darle forma para comenzar con el diseño.
Todo esto suena fácil hasta que te pones manos a la obra y toca ser muy cuidadoso. Antonio grabó en mi anillo una especie de sello con «A2» y yo hice un anillo un poco más grueso, con un decorado de puntitos que me llevó la vida terminar. Pero ambos quedaron muy bonitos y, al terminar el taller, pudimos probárnoslos y sacarles brillo. Un taller donde se aprende a apreciar el trabajo artesano y el verdadero valor de las joyas.
De regreso a la zona del hotel fuimos fijándonos en que todo es extremadamente seguro, porque muchos comercios no tienen puertas, sino simplemente una tela que indica que están cerrados. Vimos puestos de todo tipo: lavanderías, planchado de ropa, peluquerías, galerías de arte, tiendas de artesanía y muchísimos más que resaltaban por su color. También vimos muchos monos colgados de los cables de la luz, esperando a ver qué travesura podían hacer.
Ya de vuelta en el hotel salimos a explorar la zona y todo era muy agradable, con muchos más turistas y una gran variedad de restaurantes. Optamos por comer en un restaurante de comida india, cuya decoración era muy moderna y tradicional a la vez.
Pedimos un par de platos para compartir y, de un momento a otro, el cielo se rompió y empezó a llover. Siempre vamos preparados, así que teníamos a mano nuestros chubasqueros y, cuando salimos de comer, ya llovía mucho menos, aunque seguía cayendo agua.
Nos llamó Cristina para confirmar que pasarían por nosotros y que estuviéramos listos. Habíamos leído todo tipo de información sobre cómo son las bodas balinesas y había demasiados datos curiosos: como que el maquillaje que usa la mujer también se replica en los hombres, sus pesados tocados de cabeza y los innumerables ritos que realizan para sellar la ceremonia.
Encontramos tanta información que decidimos que lo mejor era vivir la experiencia para descubrir qué era realmente lo que íbamos a hacer. Nos recogieron y, cruzando los dedos para que dejara de llover, nos fuimos hasta una enorme casa familiar donde vivía un miembro de la realeza con toda su familia y que, por ello, tenía el permiso para realizar este tipo de ceremonias.
Al llegar nos dieron dulces y café mientras la familia se preparaba para ayudarnos con la ceremonia. Cristina hablaba un español perfecto y conocía mucho sobre la cultura española y, sorprendentemente, también sobre los cotilleos de Colombia relacionados con la farándula, porque había trabajado como traductora en la producción de un reality colombiano grabado en Bali.
Primero me fui yo con dos mujeres a una habitación con grandes espejos, donde me ayudaron a vestirme con una especie de corsé envuelto en una tela negra con dorado y un gran sarong rojo y dorado. Después de vestirme empezaron con el tocado. Una a una fueron colocando las flores hasta que llegó un momento en el que toda mi cabeza estaba cubierta de ellas y pesaba bastante. Después pasamos al maquillaje y elegí algo sencillo por si luego a Antonio le hacían el mismo. Finalmente, me entregaron un hermoso ramo de flores blancas de árbol que olía delicioso.
Yo salí por la puerta de atrás para que Antonio no me viera y él entró para empezar a prepararse. Las mujeres lo dejaron en ropa interior y le pusieron una vestimenta muy parecida a la mía, aunque su sarong era más corto e incluía una especie de chaqueta, un tocado más pequeño en la cabeza y una especie de espada que debía llevar como símbolo de ser el protector de la relación.
Mientras esperaba a que Antonio terminara de arreglarse, empezamos la sesión de fotos y, por suerte, la lluvia se detuvo. Cuando salió, se veía muy guapo y comenzamos haciendo unas fotos dentro de la casa. Después nos fuimos en un jeep por el pueblo, saludando a todo el mundo y haciendo fotos entre los arrozales.




Al volver nos estaba esperando todo el pueblo, lo que daba hasta un poco de vergüenza. Nos llevaron a hombros como si fuéramos parte de la familia real mientras bailaban y tocaban instrumentos musicales. Fue en ese momento cuando nos dimos cuenta de que aquella boda estaba preparada con muchísimo cariño y era mucho más especial de lo que imaginábamos.
El pueblo nos llevó hasta la puerta de la casa familiar y allí ya se encontraban todos los que participarían en la ceremonia, vestidos de blanco. A cada uno nos asignaron una chica para ayudarnos a movernos, entregarnos los complementos necesarios para los distintos ritos y guiarnos durante toda la ceremonia.
Nosotros pensábamos que no sería una ceremonia tan seria, pero sí que lo fue. Hicimos ritos de todo tipo: beber agua sagrada, ponernos arroz en la frente, quemar cuerdas, patear cocos, dar vueltas alrededor del fuego, intercambiarnos los anillos bendecidos, compartir la comida y hasta disfrutar de un espectáculo de danza tradicional acompañado de un gran banquete de comida local y dulces de muchos colores.




Me quedo corta para describir la emoción y todo lo que vivimos ese día durante la ceremonia. Pero lo más emocionante fue que, al terminar y antes de pasar al banquete, las mujeres nos esperaban para lanzarnos pétalos de flores. Cuando terminó el baile nos invitaron a bailar con ellos y a compartir dulces con los niños del pueblo. Además, uno de los bailarines nos regaló una preciosa obra de madera con nuestros nombres, un recuerdo que siempre guardaremos con muchísimo cariño.
Fue un día muy feliz y lleno de emociones. Tantas, que se nos olvidó el certificado de boda en la casa de la familia real y tuvieron que llevárnoslo al día siguiente al hotel. De regreso nos llevaron hasta el hotel y pasamos todo el camino riéndonos con Cristina y ansiosos por recibir las fotos y el vídeo de la boda, que nos enviarían un par de días después.
Llegamos al hotel muy cansados y, como ya habíamos cenado durante la celebración, solo nos quedaba descansar e intentar asimilar todas las emociones que habíamos vivido.
GILI – Nuestro viaje a Indonesia Ii
Día 14
Nos despertamos y desayunamos a la carta en el restaurante del hotel, que además tenía una sección de buffet para completar lo que quisieras. Al terminar, en bicicleta nos fuimos rumbo al puerto, nerviosos porque en las aplicaciones del tiempo decía que había una alta probabilidad de lluvia.
Sin embargo, llegamos a la actividad que teníamos programada para hacer snorkel, ver corales y conocer las famosas esculturas que están bajo el mar. La excursión prometía y, de momento, el tiempo acompañaba.
Aparcamos las bicicletas y nos acercamos a informar de que habíamos llegado a la actividad. Nos dijeron que teníamos que esperar a que llegaran los demás compañeros de la excursión, así que mientras tanto estuvimos buscando cangrejos en la orilla de la playa.
Cuando llegó el barco a recogernos, nos subimos. Éramos un grupo pequeño: una familia y un par de parejas. Nos preguntaron si sabíamos nadar, para dar chalecos solo a los que no sabían. Nosotros, que somos unos experimentados en el agua, preferimos decir que necesitábamos salvavidas por si acaso. Y fue la mejor decisión, porque una vez empezamos a nadar para ver los corales y las esculturas sumergidas, se agota bastante y con el salvavidas se pueden hacer pausas y flotar.
La embarcación salió junto con varias más hasta un punto común, donde nos empezamos a tirar uno a uno con las aletas y las gafas para hacer snorkel. Una vez en el agua, empezamos a nadar siguiendo a un guía que nos indicaba dónde había tortugas y el punto para sumergirnos a ver las esculturas. Al principio es fácil porque estás empezando, pero poco a poco el oleaje no te deja ver al grupo, te cansas y vas avanzando más lento.
Estuvimos nadando casi 20 minutos hasta que empezaron a aparecer tortugas marinas que nadaban a nuestro alrededor y curiosos peces se acercaban a saludar. A los diez minutos siguientes llegamos a la zona de las esculturas, que al principio estaba muy llena y costaba sumergirse. Antonio me entregó su chaleco salvavidas y se sumergió. Intentamos hacer fotos, pero salieron muy mal. Yo, que soy más delgada, por más que lo intenté no lo logré.
Fue bonito ver las esculturas, pero ya hacía falta tomar algo de agua no salada y continuar la excursión en otro punto. Nos subimos a la embarcación que nos esperaba cerca de las esculturas. Nos dieron agua a todos, que refrescaba mucho el cuerpo, y nos lavamos la cara. Vimos que unos de nuestros compañeros eran de origen indio y no habían podido terminar el primer circuito porque no sabían nadar; el barco los había recogido antes. Nosotros, que íbamos nadando, no nos dimos cuenta, pero el barco siempre iba cerca por si alguien necesitaba ayuda.
Continuamos en el barco hasta otra parada para apreciar corales muy de cerca y muy bien conservados. En esa zona fuimos prácticamente solos, para poder protegerlos. Supongo que los barcos van por turnos para evitar agobiar a los peces o dañar los corales. Nos bajamos a nadar y a alimentar a los peces. Pero el chico indio saltó y, como no sabía nadar, se acercó demasiado a uno de los corales y se lastimó, así que, sin entender el idioma, presenciamos una discusión en hindi mientras su pierna sangraba. Nos sorprendió, porque ¿cómo te arriesgas a una excursión en el mar sin saber nadar?

Volvimos al barco para ir a otro punto, donde en teoría conoceríamos las tres islas que componen las Gili. Pero de un momento a otro empezó a llover y vimos tablas de madera flotando en el mar. Antonio, en forma de broma, dijo: “esa fue la embarcación anterior que se hundió”. Y, a menos de dos minutos, empezamos a ver una embarcación completamente hundida, mientras otro barco rescataba a los turistas. Ya nerviosos por el panorama, nuestra embarcación se acercó a un punto a esperar que dejara de llover, pero cada vez llovía más fuerte.
Estuvimos esperando aproximadamente una hora hasta que el capitán decidió que volveríamos al puerto y que no veríamos una de las islas. Nos subimos al barco bajo la lluvia, que incluso entraba dentro, y con la marea más alterada que cuando habíamos parado a esperar.
Del punto en el que estábamos hasta el puerto fueron unos treinta minutos, pero íbamos todos nerviosos por la lluvia y las olas. Cuando vimos el puerto fue un alivio, porque al menos ya estábamos cerca para poder nadar si algo pasaba. Llegamos y volvió la calma, más o menos, porque cuando fuimos a buscar nuestras bicicletas las carreteras estaban inundadas y no se veía nada por el agua. Esperamos un poco y nos fuimos lentamente en bicicleta hasta el hotel.
Al llegar nos cambiamos porque veníamos empapados y esperamos a que dejara de llover. Cuando paró, literalmente salió el sol y secó todo rápidamente, volviendo el lugar a ser paradisíaco otra vez.
Pedimos comida a la habitación para no tener que salir bajo la lluvia, así que comimos tranquilos y después salimos en bicicleta hacia la zona de fiesta para buscar algo de ambiente. Nos encontramos una fiesta de espuma, música y trampolines por niveles.
Nos quedamos allí disfrutando de la gente saltando una y otra vez. Incluso nos animamos a saltar nosotros, aunque una vez estás arriba dan bastante nervios. Toca no pensarlo mucho, porque si no es muy fácil darse la vuelta y bajar. Tanto Antonio como yo saltamos, pero solo una vez, porque se siente un vértigo interesante. Luego jugamos con la espuma y nos tomamos un par de cócteles.
Volvimos al hotel para disfrutar de la piscina y cenamos muy a gusto, dejando todo organizado porque al día siguiente volvíamos a Bali.

BATUR – Nuestro viaje a Indonesia Ii
Día 16
Nos despertamos justo antes de que saliera el sol, alrededor de las 3 a. m., porque venían a recogernos al hotel para llevarnos a disfrutar del amanecer en el volcán Batur. Listos con ropa de deporte, esperamos en la puerta a que pasaran por nosotros. El problema fue que pasó una hora y no llegaron, lo que fue un poco frustrante, porque llamábamos y nadie respondía.
Llegamos incluso a pensar en volvernos a la cama, porque si nadie contestaba, parecía que se habían olvidado de recogernos. Seguimos esperando un poco más hasta que apareció por fin el conductor con otra pareja, un argentino y una australiana. En ese momento no estábamos en nuestro mejor humor, ya que esperábamos empezar la actividad a las 3 a. m. y ya íbamos con retraso, con miedo de no ver el amanecer en el volcán.
El conductor iba a gran velocidad porque él también sabía que íbamos con retraso, así que, en una carrera por llegar, conseguimos llegar hasta la base del Batur, donde nos esperaba una guía local que nos ayudaría a subir hasta la cima. Nos entregó linternas para alumbrar el camino mientras subíamos y un par de bastones para ayudarnos en la subida.
Empezamos a subir. Al principio era fácil, pero luego se iba complicando. Antonio y yo siempre hemos tenido buena forma física, así que subimos muy animados, tanto que nuestros compañeros pensaban que éramos profesionales en subir montañas. Pero no, simplemente era buena actitud y ganas de ver el amanecer desde la cima.
En el camino nos encontramos con más grupos subiendo y, en una zona, muchos jeeps esperando el amanecer. Cuando llegamos arriba, el sol ya empezaba a asomarse, así que llegamos justo a tiempo, aunque con el sol saliendo. Fue bonito ver el amanecer juntos, pero con esa pequeña sensación agridulce por no haber llegado antes debido al retraso del conductor.
Nos sentamos a ver el amanecer mientras nos traían el desayuno, y, para nuestra sorpresa, por llegar tarde solo nos tocó una parte del desayuno. Yo suelo ser muy expresiva, así que me sentó bastante mal la excursión, aunque intentaba disfrutarlo. No tenemos muchas fotos de mi cara en ese momento, aunque luego, al ver que se podía jugar con el humo del volcán, digamos que aflojé un poco.
Después de un rato, cuando el sol ya estaba arriba, empezamos a bajar. Fue entonces cuando descubrimos todo lo que habíamos subido, porque con luz no habríamos llegado de ninguna manera. Era peligroso; los zapatos se nos hundían en la tierra volcánica. La bajada del Batur fue toda una misión complicada, pero lo logramos.




Atravesamos varios huertos y cultivos de los locales que estaban trabajando y nos saludaban. Incluso nos encontramos algunos perros en el camino que nos acompañaron hasta llegar a la casa donde nos recogerían para llevarnos a unas termas naturales generadas por el volcán.
Nos llevaron hasta unas piscinas naturales, a las que nos habíamos olvidado de traer el bañador. Entre tanta actividad acuática se nos pasó por alto que esta también incluía el acceso a las piscinas. Así que pensamos que seguro habría tiendas enfrente, y así fue: compramos un par de bañadores de dudosa procedencia, porque no parecían nuevos, pero queríamos entrar al agua, así que los compramos.
El sitio incluía toalla y taquilla, así que, dejando atrás todo el disgusto, nos dispusimos a descansar en las piscinas, relajar el cuerpo después de tanto ejercicio y reírnos de todo lo que nos había pasado esa mañana. Fue muy agradable: había varias piscinas con distintas temperaturas y, además, nos dieron una bebida gratis que Antonio se bebió él solo, porque era de frutas que a mí no me gustaban.


Al salir de las piscinas volvimos al transporte rumbo al hotel y nos despedimos de la otra pareja. Intentamos dormir un poco en el camino para recuperar fuerzas. Por la tarde fuimos a la piscina del hotel y estuvimos en modo relax hasta que cayó la noche. Entonces salimos a cenar a un restaurante de sushi buenísimo, con una gran variedad de platos y una atención excelente. Así terminó nuestro día: conquistando un volcán y terminando entre piscinas naturales y la piscina del hotel.
LOVINA – Nuestro viaje a Indonesia Ii
Día 18
Nos levantamos antes de que saliera el sol, con el bañador puesto y un jersey porque a esa hora refrescaba. Pasó por nosotros un taxi que nos llevó hasta la zona de Lovina. Desde Ubud hasta Lovina tardamos aproximadamente una hora o algo más, y nos fuimos hablando durante el trayecto.
Al llegar, todavía hacía algo de fresco y nos preocupó pasar frío durante la excursión. Intentamos buscar por los alrededores de la playa si vendían algo, pero era muy pronto y solo había turistas como nosotros esperando a que empezara la actividad.
Cuando el sol empezó a salir, las embarcaciones comenzaron a organizarse en barcas de madera con un doble soporte a los lados para equilibrarlas frente al viento y las olas del mar. Salieron varias, pero nosotros aún estábamos esperando. Hasta ese momento no sabíamos que nuestra excursión era privada.
Lo descubrimos cuando en el barco solo íbamos el capitán y nosotros dos. Empezamos a navegar con los primeros rayos de sol sobre un mar luminoso de tonos azules que parecían estrellas reflejadas en el agua. Y, para nuestra sorpresa, el mar estaba caliente, así que el frío era lo que menos íbamos a pasar.
Navegamos hasta un punto para ver el amanecer en el mar, donde nos encontramos con otras embarcaciones. Entre los rayos de sol, la gente empezó a gritar porque los delfines llegaban a saludar. El guía nos explicó que los delfines son muy juguetones y les gusta ver los barcos como obstáculos para jugar y competir entre ellos.
Los delfines aparecían, saludaban y se iban, por lo que capturarlos en fotos fue más difícil, pero en vídeo sí fue posible, y era muy bonito verlos saltar tan alto. Luego las embarcaciones se movieron a un segundo punto, donde sabían que los delfines estarían “desayunando” medusas.



Llegamos allí y los delfines estaban como locos: saltando, jugando, lanzando agua y haciendo que todos los turistas adivináramos dónde iban a aparecer cada vez. Fue muy divertido, entre gritos de emoción y silencios absolutos esperando su aparición.
Pasamos al tercer punto, donde ya no había tantas embarcaciones, solo un par. Nos pusimos las gafas de snorkel y nos lanzamos al agua, agarrados a un palo de madera sujeto con cuerdas a la embarcación, para poder ver a los delfines bajo el agua y también indicar al capitán hacia dónde se movían. Suena ideal, pero fue peligroso, algo que entendimos después, porque en ese momento simplemente nos dejábamos llevar, nadando entre medusas que rozaban el cuerpo mientras seguíamos a los delfines a gran velocidad.
Después de jugar a buscarlos y ver varios grupos con sus crías nadando, nos cansamos un poco y nos fuimos a ver corales y peces en un ambiente más tranquilo y sin tanta adrenalina, donde pudimos alimentarlos y nadar.
La excursión terminó y nos llevaron de regreso al hotel, donde nos cambiamos, comimos y nos fuimos a visitar un templo que habíamos visto la noche anterior, pero que ya estaba cerrado cuando quisimos entrar.
Ya conociendo el horario, nos fuimos a conocer el Saraswati Temple, que es de acceso gratuito. Nos pusimos traje completo de color morado con sarong, una especie de camisa larga, cinturón y, en la cabeza, Antonio llevaba un gorro y yo una especie de cuerda a juego.
El templo era muy bonito porque tenía un gran estanque en el centro con juegos de agua, donde había que tener cuidado para no terminar empapados. La decoración era la misma que en otros templos, pero en este caso predominaban los tonos dorados y morados, con telas y sombrillas. Incluso había unas sillas que parecían tronos.
Caminamos por el templo y nos lavamos las manos con los diferentes chorros de agua que salían de las estatuas vestidas con sarongs negros y morados. Era un templo junto a la carretera, pero dentro se respiraba una tranquilidad absoluta, más allá del sonido del agua.




Al terminar el recorrido, nos fuimos caminando hasta el hotel, mirando tiendas de souvenirs y comprando algunos detalles que nos hacían falta. Llegamos al hotel y pedimos un taxi para irnos con las maletas hasta Denpasar, donde pasaríamos la noche.
Durante el trayecto en taxi disfrutamos de las vistas: arrozales, templos a pie de carretera y pequeños pueblos. Llegamos al hotel, que era muy curioso, porque eran pequeñas cabañas individuales con el baño sin techo, por lo que se podían ver las estrellas por la noche y las nubes durante el día.
Dejamos las maletas y nos dimos un baño en la piscina del hotel. Cenamos allí mismo y nos fuimos a dormir, porque había sido un día agotador de mucho mar, y necesitábamos recuperar fuerzas.
QATAR – Madrid – Nuestro viaje a Indonesia Ii
Día 20 – 21
El último día en Indonesia nos levantamos pronto para llegar al aeropuerto. Revisamos una vez más el peso de las maletas, redistribuimos cosas entre ellas y dejamos en el equipaje de mano una ropa de cambio para las actividades que teníamos programadas al llegar a Qatar.
En el aeropuerto nos tomamos la última foto con el barong y con muchas decoraciones indonesias. Pasamos por la zona de souvenirs, y es que caemos en todas: compramos vino de arroz, cremas especiales asiáticas y un par de recuerditos más. Desayunamos algo ligero porque no teníamos mucha hambre y en el avión seguro nos darían algo.




Tan pronto subimos al avión, nos quedamos dormidos, lo cual fue perfecto para llegar con energía después. Llegamos a Qatar en un abrir y cerrar de ojos (porque íbamos dormidos). Una vez allí, primero tuvimos que ver cómo era la salida, ya que llevábamos vino de arroz y, al ser un país musulmán, no se permite la entrada de alcohol. Intentamos dejarlo en consigna, pero no fue posible, y al salir nos lo decomisaron. Vaya disgusto; y con eso el tío Zaca se quedó sin su souvenir.
Llegamos hasta la puerta de encuentro donde nos esperaba nuestro guía, un joven en una camioneta 4×4 blanca. Nos llevó hasta el gran Desierto de Arabia. En el camino vimos las afueras de Doha, con mucha industria petrolera, grandes mansiones y una infraestructura de carreteras impresionante.
En el desierto lo primero que nos encontramos fueron camellos esperando a los turistas para dar paseos. En esta ocasión no quisimos hacerlo, porque ya habíamos estado con muchos animales durante el viaje y preferimos evitar cualquier cosa en la escala.
Así que disfrutamos del té de bienvenida, bien caliente, aunque el calor del desierto era intenso. Había varias jaimas decoradas e incluso un parque infantil que el sol estaba derritiendo.
Esperamos un poco y luego volvimos al coche, porque la siguiente aventura era subir las dunas del desierto en 4×4. Una actividad que suena normal hasta que estás dentro del coche, en ángulos imposibles, con arena por todos lados.
Es una sensación intensa: parece una película de acción, y mis caras en fotos y vídeos lo dicen todo. Lo pasé bastante mal; incluso sentía el estómago vacío de los nervios.
Subíamos, bajábamos, íbamos de lado. Mientras yo sufría, Antonio y el guía disfrutaban de la experiencia y, en parte, también de mi cara. Bajamos hasta el mar Pérsico y después fuimos a lo alto de una duna para hacer sandboarding, que consiste en lanzarse con una tabla cuesta abajo. Es una sensación de velocidad, nervios y mucha arena. Lo hicimos varias veces: tirarse era fácil, pero subir de nuevo era todo un reto.
Después de acabar completamente llenos de arena, nos movimos a otro punto para disfrutar de la puesta de sol. Sacamos fotos increíbles con un cielo dorado espectacular. Al terminar, volvimos al punto inicial, donde retomamos la ruta atravesando otra vez las dunas en el coche, una experiencia muy impresionante que, sinceramente, no creo que repita en coche; mejor en dromedario o caminando.




De regreso al aeropuerto, el guía nos contó que había vivido en Barcelona y por eso hablaba tan bien español. Nos despedimos de él y entramos de nuevo en el proceso de check-in. Buscamos un baño para cambiarnos y quitarnos un poco la arena que teniamos sobre todo el cuerpo, ya con un look más de aeropuerto estabamos listos para esperar nuestro siguiente vuelo.
Nos dirigimos a la puerta de embarque, que salía unas horas después, e intentamos hacer una pequeña siesta. Pero el frío del aeropuerto era insoportable; el aire acondicionado estaba tan fuerte que no dejaba dormir, una sensación bastante desagradable. Después de no poder descansar, finalmente embarcamos. Cenamos en el avión y el resto del tiempo lo usamos para organizar las fotos de este maravilloso viaje que os hemos contado aquí.
Llegamos al día siguiente a Madrid, nuestro hogar, más que contentos, enamorados de una cultura tan auténtica y espiritual, y felices de haber vivido tantos encuentros con animales y experiencias inolvidables.
Nuestro viaje a la Indonesia II
Si quieres acompañarnos en esta aventura por el mundo, síguenos en nuestro Instagram y TikTok, donde iremos compartiendo los lugares que visitamos y todos esos momentos que no siempre caben en una guía.



































