Nuestro viaje a la India II

Redacción y sabiduría: Alice
Anotaciones y edición: Antonio

Esto es la segunda parte de nuestro viaje a La India, si quieres conocer todo el viaje te recomendamos leer la primera parte que corresponde a los días del 1 al 8 en los que conocimos las ciudades de Delhi, Mandawa, Bikaner, Jaisalmer, Johpur, Ranakpur y Udaipur. Además, si estás muy interesado en conocer la mejor información para preparar tu próximo viaje a La India te recomendamos leer nuestra Guía Completa de La India.

Para disfrutar completamente el artículo recomendamos leerlo completo . Pero si no tienes tiempo o solo te interesa una sección, puedes ir directamente haciendo clic en su título 🖱️(nos caerás un poco peor, pero no pasa nada).

Día 9

Día 10

Día 11

Día 12

Día 13

Día 14

Día 15

Día 16

Día 17

¿Quieres que te ayudemos? ✉️

Si estás organizando un viaje a India y te gustaría hacerlo igual o similar al nuestro, contáctanos y te ayudamos a organizarlo para que disfrutes al máximo del país. Nosotros lo hicimos de forma organizada y la experiencia fue inmejorable. Te acompañamos en todo el proceso para que vivas una experiencia relajada y sin preocupaciones, olvidándote de horarios, transporte, entradas, comidas o de pasar horas comparando opciones.

Te dejamos aquí el resumen de nuestro Viaje a India en 17 días:

UDAIPUR – Nuestro viaje a la India II

Día 9

Por la mañana nos fuimos hasta el lago Pichola para hacer un paseo en barco y así poder apreciar las edificaciones blancas de la orilla del lago y otras que parecen estar flotando sobre él. El paseo fue muy agradable y nos llevaron hasta un jardín flotante en el que dimos un paseo, hicimos fotos muy auténticas y únicas.

Nuestro viaje a la India - a2travelers
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Al volver, entramos en el complejo llamado City Palace, que es un conjunto de palacios enormes al estilo mogol, donde pudimos encontrar salas de juego de ajedrez, decoración, vidrieras, celosías de muchas figuras geometrícas, muebles, paredes y puertas decoradas con figuras talladas en madera pintadas con gran detalle.

Luego caminamos por la zona antigua y fuimos explorando los diferentes puestos de comerciantes. Todo llama mucho la atención por el color e incluso el olor a incienso o especias, con figuras hechas de todo tipo de material y tamaño. Había cosas que, si se compraban, las enviaban directamente a casa porque no se pueden llevar como equipaje, por su gran tamaño desde puertas, esculturas en piedra y madera.

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Al terminar de ver las tiendas, nos fuimos al jardín Saheliyon-ki-Bari, que significa “jardín de las doncellas”. Un espacio tranquilo, rodeado del sonido del agua, con fuentes que salen de la nariz de figuras de elefantes, nenúfares y un espacio pintado al detalle con dioses, cargado de detalles.

Después de disfrutar de este espacio de paz, nos fuimos a la aventura en un tuk-tuk de regreso al hotel. En el camino nos encontramos con una procesión en la que las mujeres iban barriendo el suelo para que pasara el libro sagrado, el mismo que habíamos visitado el día 3 en el templo sij. Otros aplaudían y animaban a la gente, porque en el coche que viajaba el libro tenia luces y música. Una experiencia muy curiosa.

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Mientras íbamos en el tuk-tuk, el conductor, sin consultarlo, decidió que era el mejor momento para comprarse calcetines y se bajó del tuk-tuk, dejándonos allí mientras elegía qué tipo de calcetines comprar (para los más curiosos se compro unas blancas y negras de dudosa copia de marca 🤭). Cosas que no pasan en Occidente, como mucho se detienen para echar gasolina, pero no para algo personal.

Al finalizar el día estábamos teníamos ya con un par de souvenirs de más, que guardamos con cuidado para seguir moviéndolos entre hoteles. Hasta este punto nos sentíamos unos afortunados porque no habíamos tenido ningún síntoma por la comida, mientras nuestras compañeras sí se quejaban de estar un poco mal.

Esa noche disfrutamos de la piscina y descubrimos que los indios no nadan en la piscina porque no saben nadar, solo se sumergen y salen, también nos dijeron que tienen cierto respeto al agua por sus dioses. Nos pareció muy curioso y por eso más adelante entenderíamos el porqué de las escaleras en Benarés.

UDAIPUR – JAIPUR – Nuestro viaje a la India II

Día 10

Nos levantamos preparados para ir a una auténtica feria india, no todos los días te ves en un país tan lejano yendo a una feria. Nos fuimos hasta la Pushkar Fair 2022, donde tiene lugar la mayor venta de ganado, camellos y caballos del país.

Nuestro guía nos preparó mentalmente, porque nos aconsejó estar atentos a todo, porque ir a una feria era toda una aventura y que era una inmersión cultural. Los fieles corren de un lado a otro, el comercio está en todas partes y los templos se visitan dejándose llevar por la multitud.

Después de estos consejos, nos preparamos para vivirlo, porque no por eso íbamos a dejar de verlo (modo aventura activado). Cuando llegamos, todo era tal y como nos había dicho nuestro guía, en pocas palabras había gente por todas partes, baños públicos, animales, atracciones, puestos de comercio de productos, comida y templos imposibles de acceder. Todo lo que nos esperábamos de la India estaba en ese lugar.

Antes de disfrutar de la feria, teníamos la misión de entrar en el templo dedicado al dios Brahma. Al ser uno de los pocos templos dedicados a este dios, ya se podrán imaginar cómo estaba el sitio. No permitían entrar con mochilas, aunque fueran pequeñas, así que las tuvimos que dejar en una tienda mientras entrábamos. Nos quitamos los zapatos y nos aventuramos a no ser aplastados ni pisados.

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La fila era muy larga pero avanzaba rápido. Encima de nuestras cabezas teníamos decoraciones de flores y, a nuestro alrededor, millones de personas. Subimos unas escaleras y luego el espacio se hizo más pequeño, en mi caso, al ser bajita, no me pegaban, pero Antonio, al ser alto, notaba cómo las señoras bajitas le empujaban y le clavaban los codos (ya se podrán imaginar la cara de Antonio saliendo del templo).

En el templo no pudimos ver nada porque era entrar y salir. Había tal cantidad de personas que casi no hacía falta caminar, ya que te llevaban a su paso. Al salir fue todo un alivio, porque volvimos a respirar. Una vez en la calle esperamos a nuestras compañeras y al guía, que venían también entre una avalancha de personas. Ya fuera se podía caminar un poco mejor y compramos polvo rojo para hacer bindis.

Ese año no pudimos ver el ganado en venta porque, debido a un posible contagio entre el ganado, prefirieron no juntarlos en la feria. Fue una experiencia intensa, que ahora, recordándolo, hace pensar que podríamos haber salido aplastados por fieles a Brahma. Menos mal, quedó solo como parte de la experiencia.

Un poco abrumados por la escena, nos movimos a otro punto de la ciudad que seguía igualmente con la temática de la feria. Llegamos hasta el lago de Pushkar, un lago enorme rodeado de figuras de deidades, donde pusimos una ofrenda y disfrutamos de las vistas. Mientras tanto, vimos a varios aghoris realizando rituales.

Caminamos por las calles, que estaban muy bien pintadas y decoradas, porque toda la ciudad se prepara para la feria y para recibir a muchos turistas nacionales de todo el país.

Por la tarde-noche nos fuimos hasta el hotel en Jaipur, donde, después de varios días, por primera vez nos tomamos un cóctel y brindamos por ese día tan acelerado y poco común.

JAIPUR – AMBER – JAIPUR – Nuestro viaje a la India II

Día 11

Salimos muy pronto rumbo al Fuerte de Amber, la noche anterior ya habíamos llegado a Jaipur, la ciudad rosa. Que durante la noche no pudimos apreciar su color tan característico, por eso teníamos mucha curiosidad de ver la ciudad de día.

La ciudad es de este color porque en 1876 el maharajá Sawai Ram Singh II ordenó pintar todo el centro histórico de ese color para dar la bienvenida al Príncipe de Gales. Desde entonces se ha conservado así e incluso es tan icónica que en Instagram uno de sus filtros hace alusión a esta ciudad (un AliceFacts 🤭).

Primero, antes de subir al fuerte, nos detuvimos en un edificio precioso con muchas celosías, donde aprovechamos, al ser temprano, para hacer fotos con más calma, porque este edificio representaba el rosa de la ciudad. Continuamos rumbo al fuerte y, al llegar, nos encontramos con unos elefantes 🐘 pintados en sus trompas y sus mahouts (que son quienes le cuidan toda la vida).

Hoy en día son animales protegidos que solo pueden hacer cinco viajes diarios y únicamente de subida, de bajada van sin nadie a cuestas para evitar daños en las rodillas. Es la manera que ha encontrado el gobierno de ayudar a los animales y a las familias, porque mantener a un elefante es muy costoso y, si no tienen recursos, los tienen que abandonar o llevar a un centro de acogida. Además cada mahouts se compromete en alimentarlo, cuidarlo y llevarlos a revisiones con veterinarios especializados.

La verdad, era mi parte favorita de todo el viaje, porque tenía mucha ilusión por poder subirme a un elefante. Más adelante, en otros viajes, hemos podido vivir esta experiencia, pero esta era la primera, así que era muy especial.

Subimos a una torre para poder montarnos y fuimos juntos Antonio y yo. Era muy gracioso porque el elefante se movía muchísimo y nuestro mahout nos contó el nombre del elefante.

Mientras tanto, nuestras compañeras de viaje iban muy nerviosas porque el elefante se movía demasiado y les daba miedo caerse. Entre risas y gritos continuamos nuestro paseo hasta el fuerte.

A la mitad del paseo en elefante, empecé a grabar con el palo selfie para recordar siempre este día (de esos en los que haces algo por primera vez 🐘). No tengo palabras para describir la emoción. Cuando de repente Antonio empezó con un discurso inesperado y, de su bolsillo, sacó una pequeña caja anillo para pedirme matrimonio encima de un elefante (era todo lo que había bromeado que alguna vez me gustaría de una boda: un elefante y Antonio, no fue en al boda, pero si en la pedida).

Definitivamente fue un día de primeras veces, por primera vez estábamos en un elefante y por primera vez me pedían matrimonio. Se me salieron las lágrimas y dije que sí. Un momento muy especial, estaba más que feliz. Un poco más adelante había muchos fotógrafos que te hacían una sesión de fotos muy especial y, por supuesto, las compramos.

Al bajarnos del elefante estaba muy contenta, con mi nuevo anillo, y se lo enseñé a las compañeras de viaje. Hasta la noche pudimos contárselo a la familia y amigos, aunque varios ya lo sabían porque habían preparado un vídeo muy especial con sus impresiones respecto a la noticia.

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Pero ahora continuando con el viaje, el día empezó intenso. Ya en el Fuerte de Amber pudimos pasear por sus salas de espejos, jardines y dibujos en los techos. Al bajar, nos fuimos en un jeep en el que los comerciantes casi se metían dentro para enseñarnos los productos que vendían. Compramos las fotos y un par de ajedreces para nuestros padres.

Por la tarde, visitamos una fábrica de telas con motivos y otra de alfombras enormes. En cada una nos dejaron participar y aprender cómo hacen todo el proceso. Al terminar de ver las fábricas, nos dirigimos hacia Jantar Mantar, el observatorio más grande del mundo. Tenía varias figuras con escaleras y relojes, la verdad, curioso de ver, pero no tan impresionante como nos lo esperábamos.

Antes de volver al hotel, nos detuvimos a comprar un par de souvenirs. Antonio se compró una kurta de color azul oscuro. Después de comprar, nos sentamos con los comerciantes a charlar un rato y a poner a prueba el nivel de inglés, porque hablan muy rápido y con un acento muy marcado, pero hacen lo posible por hacerse entender y entenderte.

Por la noche descansamos, porque nos esperaban varias horas de carretera al día siguiente. Pero antes de dormirnos, llamamos a todos los familiares y amigos para contarles la nueva noticia. Un día muy bonito y que recordamos siempre.

JAIPUR – ABHANERI – FATEHPUR SIKRI – AGRA – Nuestro viaje a la India II

Día 12

Bien temprano, después de desayunar, nos dirigimos a Birla Mandir, un templo muy grande de color blanco que reúne a varios dioses, incluso occidentales. Vimos figuras de Jesús, San Antonio y hasta representaciones de la Biblia. Allí nos sentamos a esperar que empezara el rito. No dejan tomar fotos dentro del recinto y las reglas en la India son muy estrictas, por lo que vimos como decomisaban varios móviles por no acatar las reglas y hasta la salida lo devolvian.

Durante la ceremonia se abrieron unas cortinas y empezaron a recitar mantras. Fue una experiencia muy diferente. No duró mucho, pero fueron muy impactantes los sonidos, los olores y la fe de los creyentes. Cuando terminó la ceremonia, salimos rumbo a visitar Abhaneri, un estanque escalonado situado en Dausa que era utilizado por los locales para recoger el agua de lluvia y almacenarla. Es toda una obra arquitectónica y, a día de hoy, se ha convertido en una parada casi obligatoria porque coincide con la ruta hacia Agra.

Alrededor del estanque se encuentran varias figuras representativas de la cultura india, que están en muy mal estado debido a que, tras las invasiones, la colonización y varios momentos históricos, quienes querían imponer nuevas formas de ver el mundo destruían el rostro de las imágenes. Por ello se perdió tanta riqueza cultural, que se siguen conservando de manera organizada para recordar el pasado.

Justo enfrente nos encontramos un pequeño templo donde un monje vestido de blanco que espera con calma que se acerquen visitantes para entregar pulseras rojas o amarillas, dependiendo del tipo de suerte que busque el visitante. En nuestro caso elegimos la roja, que representa la protección divina. La amarilla simboliza la prosperidad y la sabiduría.

Continuamos nuestro viaje por carretera hasta Fatehpur Sikri, una ciudad de color rojo que fue construida por el emperador mogol Akbar, pero que fue abandonada debido a la escasez de agua. Hoy en día es un importante punto turístico por sus palacios, su mezquita y un jardín que sigue siendo cuidado como en el siglo XVI, a mano y sin utilizar maquinaria, para así dar empleo a más personas de la zona.

Una vez recorrimos todo el complejo y soportamos bastante calor, ya solo nos faltaba la siguiente parada antes de llegar al lugar donde pasaríamos la noche. Hicimos otra parada en un gran templo, cuyo nombre no recuerdo (por más que he buscado no lo he encontrado). Allí pudimos ver monos 🐒 e incluso alimentarlos. Justo esa mañana había preparado algo de comida del buffet para dársela, pero tuve que luchar por ella y perderla, porque un mono se aferró a la bolsa y preferí soltarla antes de que me mordiera, ya que yo no le iba a morder 🤭.

El templo tenía unas aguas sagradas donde los fieles subían a darse un baño, mientras los traviesos monos les robaban la ropa. Gracioso, pero también un poco peligroso. Además, aprendimos que las vacas saben subir escaleras, pero no bajarlas, así que, una vez arriba, se quedan allí y se alimentan de la comida que les ofrecen los fieles. Nos despedimos de los monos y continuamos por carretera.

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La ciudad de Agra nos esperaba con los brazos abiertos. Descubrimos una ciudad que, incluso de noche, estaba llena de vida, con comercios enormes, tiendas luminosas, rotondas con grandes figuras y hoteles de lujo. Al llegar al hotel pudimos descansar, cenar y acostarnos con la ilusión de que al día siguiente nos levantaríamos para cumplir una cita pendiente con una de las maravillas del mundo moderno, el tan anhelado Taj Mahal.

AGRA – Nuestro viaje a la India II

Día 13

Nos levantamos pronto para nuestra cita pendiente con el Taj Mahal. La emoción era tal que desayunamos rápido y nos pusimos muy guapos, porque a una cita como esta no se puede ir de cualquier manera.

Al salir, nuestra primera parada iba a ser el Taj Mahal, pero, a pesar de que todas las guías de viaje del mundo recomiendan ir a primera hora para evitar las multitudes, no tienen en cuenta los días nublados. Nuestro guía nos aconsejó primero visitar el Fuerte Rojo de Agra, hacer el recorrido juntos, aprender sobre la vida del emperador Shah Jahan, constructor del Taj Mahal, y después ir a verlo cuando la niebla se hubiera disipado.

Nos fuimos hasta el Fuerte de Agra, una edificación preciosa con una vista privilegiada del Taj Mahal, como si fuera un cuadro que iba cobrando forma mientras la neblina empezaba a desaparecer. Este fuerte está separado del Taj Mahal por el río Yamuna, donde pudimos ver una gran franja de colores en la orilla, ya que los locales lavan allí su ropa y la extienden sobre la hierba para que se seque.

El fuerte es famoso por ser el hogar de los últimos años de vida del emperador Shah Jahan, que fue encerrado allí por su hijo Aurangzeb después de que las enormes inversiones en la construcción del Taj Mahal dejaran muy debilitadas las finanzas del imperio. Cuando Shah Jahan murió, fue enterrado junto a su amada esposa Mumtaz Mahal en el Taj Mahal. A pesar de que en sus planes estaba haber sido enterrado en un segundo Taj Mahal negro:

💡 TonyFact: Taj negro

El Taj Mahal blanco es impresionante pero el plan original era todavía más ambicioso ya que el emperador Shah Jahan no quería quedarse solo con el mausoleo de mármol blanco.

Su idea era construir una réplica exacta hecho completamente de mármol negro, justo al otro lado del río Yamuna y conectado por un puente de oro. El blanco para su mujer y el negro para él, creando el contraste definitivo de simetría y amor eterno.

El emperador llegó a empezar las obras antes de que su propio hijo lo derrocara y si vas hoy en día al otro lado del río, al parque Mehtab Bagh, verás unos misteriosos restos de mármol negro enterrados.

La historia dice que construirlo habría sido inviable económicamente (el imperio estaba ya casi en la ruina por culpa del primer Taj Mahal) pero la idea del «Taj Mahal negro» sigue siendo uno de los grandes mitos románticos de la India.

El Taj Mahal blanco es impresionante pero el plan original era todavía más ambicioso ya que el emperador Shah Jahan no quería quedarse solo con el mausoleo de mármol blanco.

Paseamos por el interior del fuerte descubriendo salas llenas de color, pasillos, historias de amor y de soledad, jardines y un recuerdo constante de todo lo que consiguieron construir los mogoles. Una vez vimos que la neblina ya se había disipado casi por completo, nos dirigimos hasta la entrada del Taj Mahal. Allí primero llegas a una zona donde compras las entradas y te entregan unos cubrezapatos (como los de los hospitales) y una botella de agua.

Después te subes a un minibús 🚐 que te acerca hasta casi la puerta del monumento. Allí vuelven a revisar la entrada y te recuerdan que, al acercarte al mausoleo, es obligatorio ponerse los protectores para no dañar el mármol blanco del suelo. Al cruzar la puerta de arenisca roja parece que entras en un cuadro o en una fotografía perfecta. Es una sensación difícil de explicar, mezcla de emoción y nostalgia.

El mármol blanco reluce con la luz del sol y hace que todo parezca todavía más impresionante. La gente se acumula en la puerta para conseguir esa primera foto con la ilusión de haber llegado por fin hasta este lugar. Y, bueno, nosotros también lo hicimos. Sacamos esa primera foto que es la misma que los ojos recuerdan una y otra vez cuando piensan en esta maravilla. La misma sensación que debía sentir Shah Jahan contemplándola desde la distancia.

Una vez dentro, aquello parecía un escenario de cine con cámaras en cada rincón. Todos quieren conseguir la foto perfecta, la más original. Algunos incluso se arriesgan a recibir un regaño de los guardias porque hay ciertas poses que no están permitidas por respeto al lugar.

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Nosotros, después de la explicación, decidimos pasear por los jardines. Como el recinto es tan grande, encontramos rincones para hacer también nuestra foto ideal desde el exterior. Después nos pusimos los cubrezapatos y entramos en el mausoleo. Allí no está permitido hacer fotografías, así que nos limitamos a recorrerlo en silencio, contemplar las tumbas, admirar la decoración y escuchar una pequeña explicación por la que dejamos una propina.

Al salir del mausoleo, ya con todo lo que habíamos soñado cumplido, nos sentamos un momento a contemplarlo. Nos fijamos en sus enormes inscripciones en árabe, en el brillo del mármol blanco y en la emoción de los miles de visitantes que llegan a la India para vivir este momento.

Nos despedimos de esta maravilla y nos dirigimos a la zona comercial que se encuentra antes de volver a tomar el minibús hasta donde estaba nuestro coche. Fue entonces cuando Antonio empezó a ponerse pálido 🥴 y no sabía muy bien qué le sucedía. Al principio pensamos que era el calor o la emoción del momento.

Pero no. Su tripa le pasó factura por todo lo que había comido. Nos subimos al minibús rumbo al aparcamiento y este hizo una parada para recoger a otro grupo. Fue entonces cuando Antonio salió corriendo 🏃🏻‍♂️ hacia un bar para pedir prestado el baño. Al llegar encontró lo que ya habíamos visto en muchos baños, un agujero en el suelo. Él estaba preocupado por sus zapatillas y yo por que hubiera papel 🧻.

Entre risas, todos los del grupo bajamos a esperarlo y, cuando salió, estaba como nuevo. Solo fue un susto puntual y pudimos continuar el viaje sin ningún accidente de baño. La verdad es que tuvimos mucha suerte. Volvimos al hotel para comer y para que Antonio pudiera recuperarse un poco de su momento de carrera. Nos cambiamos, descansamos un rato y nos relajamos, porque por la tarde teníamos programada una visita a una casa de acogida de la Madre Teresa de Calcuta.

Al principio Antonio tenía un poco de miedo porque la imagen que nos estábamos llevando de la India hasta ese momento era positiva. No olía como muchas veces te hacen creer y, aunque la pobreza existe, eso no lo vamos a negar, pero tampoco resulta tan impactante como muestran algunas ONG.

Solo vivimos una situación en la que nos pidieron algo, y fue chocolate. Al parecer, muchos niños indios creen que los europeos siempre llevan chocolate encima. En nuestro caso no llevábamos porque ni siquiera nos gusta y, además, con el calor que hacía habría llegado completamente derretido.

Para ir a la casa de acogida de la Madre Teresa tomamos un tuk-tuk y, al llegar, fue muy bonito ver lo bien organizado que estaba todo, lo limpio que se encontraba y el cariño con el que se hacía cada cosa. Allí vivían personas con discapacidad intelectual. Todos nos saludaban, nos enseñaban sus juguetes y se mostraban muy felices de recibir visitas.

De hecho, estaban celebrando un cumpleaños y nos invitaron a compartir la fiesta con ellos. Comimos pastel y refrescos, cantamos y después nos explicaron las actividades que realizan en el hogar como jardinería, colegio, tecnología, artesanía y cocina. Fue una experiencia bonita porque pudimos comprobar que las ayudas se destinan realmente a mejorar la vida de las personas que viven allí, así que decidimos hacer una pequeña donación.

Al salir nos esperaban los tuk-tuks 🛺 para regresar al hotel. Al llegar nos aventuramos a cruzar las enormes avenidas andando en busca de un tatuaje de henna. Es una sensación divertida y angustiosa al mismo tiempo. Al principio casi íbamos todos agarrados a nuestro guía y, poco a poco, aprendimos a levantar la mano para indicar que cruzábamos y salir corriendo entre el tráfico.

Llegamos a un puesto de té, nos ofrecieron una taza y apareció la artista de henna para hacernos los diseños. Con mucha calma nos fue pintando a cada uno mientras disfrutábamos del té. Volvimos al hotel cruzando otra vez entre coches como si fuéramos auténticos locales (mentira, teníamos muchísimo miedo y casi nos atropellan varios autobuses, tuk-tuks y coches). Cenamos y nos fuimos a descansar.

DELHI – Nuestro viaje a la India II

Día 14

Esa mañana nos levantamos pronto para poner rumbo a Delhi. En las noticias avisaban de que una nube de contaminación había llegado a la ciudad y que no se podía circular por el centro. La polución se debía a que muchos agricultores queman los restos de las cosechas para limpiar los campos y dejarlos preparados para los siguientes cultivos.

Pasamos la mañana en carretera, haciendo alguna parada para comprar papas de paquete por menos de 0,60 € y probar bebidas energéticas de un llamativo color rojo, que debían ser un colorante muy fuerte porque una sola gota cayó sobre la zapatilla y se quedo ahí para siempre.

En este punto nuestro viaje se dividía. Nuestras compañeras de aventura terminaban aquí su recorrido y volvían a España, mientras que nosotros continuábamos con un vuelo hacia Benarés.

Llegó el momento de despedirnos de nuestro guía y de nuestro conductor. La verdad es que hicieron que este viaje fuera una experiencia todavía mejor y nos alegró muchísimo haberlos conocido. A día de hoy seguimos teniendo su contacto y nos hace ilusión saber que continúan trabajando y que siguen siendo tan buenas personas.

Además, como nuestro conductor no podía llevarnos hasta el centro de Delhi, nos dejó antes de tiempo en el aeropuerto. Aprovechamos esas horas para pasear por la terminal, curiosear las tiendas, comprar algunas chuches diferentes y esperar tranquilamente nuestro vuelo.

El vuelo a Benarés fue toda una experiencia. Muchas mujeres llevaban preciosos saris llenos de color y adornaban su cabello con flores naturales que perfumaban el avión de una forma muy agradable. Fue entonces cuando comprendimos que este viaje, para muchos fieles, es un sueño que desean cumplir al menos una vez en la vida. Estábamos compartiendo vuelo con personas que viajaban por primera vez solo para conocer a la Madre Ganga, el sagrado río Ganges.

El cansancio pudo con nosotros y no quisimos desaprovechar el vuelo para descansar. Nos quedamos profundamente dormidos y, cuando despertamos, las azafatas estaban preocupadas porque no habíamos comido. Nos habían guardado la comida y, además, nos dieron la bienvenida con mucha amabilidad a Benarés.

Todavía medio dormidos, les agradecimos mucho el detalle. También es verdad que éramos los únicos extranjeros del avión. Cuando llegamos a Benarés ya había caído la noche y pensábamos que nos estaría esperando nuestro nuevo guía.

Sin embargo, quien vino a recogernos fue un taxista que nos llevó directamente al hotel para descansar. Antes de despedirse nos dijo que al día siguiente nuestro guía pasaría a buscarnos muy temprano para contemplar el amanecer en el río Ganges.

Organizamos un poco las maletas y dejamos preparada la ropa que nos pondríamos al día siguiente para no ir con prisas. Después de cenar algo rápido, nos fuimos a dormir.

Benarés – Sarnath – Nuestro viaje a la India II

Día 15

Sin falta, nuestro guía apareció muy pronto. Ni tiempo de desayunar tuvimos. Salimos cuando el sol aún no había salido. A pesar de ser tan temprano, la ciudad ya estaba llena de energía, con los puestos comerciales empezando a abrir. Nuestro destino era contemplar el río Ganges en todo su esplendor.

El taxi nos dejó hasta cierto punto y, desde allí, continuamos caminando. Recorrimos estrechas calles repletas de pequeños comercios y empezamos a ver a miles de fieles dirigiéndose, igual que nosotros, hacia el río.

Cuando empezamos acercarnos al río, vimos que vendían botellas, garrafas y recipientes de todos los tamaños, de plástico y de vidrio. Muchos creyentes se llevan agua del Ganges a sus hogares porque no pueden acudir todos los días o porque quieren regalársela a sus seres queridos.

Nosotros, aunque sorprendidos, también habíamos llevado una botella de agua vacía. Ya habíamos estado anteriormente en Lourdes, donde se recoge agua considerada milagrosa, y en el Vaticano, donde se venden pequeñas botellas de agua bendita. Así que también queríamos llevarnos un poco de agua del Ganges como recuerdo para colocarla junto a las demás. Continuamos andando hasta que, por fin, vimos las aguas del Ganges acariciando la orilla. Una orilla formada por unas escalinatas infinitas que los creyentes utilizan para realizar sus inmersiones.

Nuestro guía nos llevó hasta una pequeña embarcación de madera y compramos una ofrenda de flores para entregársela al río Ganges. La barca nos llevó hasta un lugar privilegiado desde donde vimos cómo los primeros rayos de sol comenzaban a iluminar el río y las casas que se levantan a su alrededor.

Con la luz del amanecer todo empezó a verse con mayor claridad. Descubrimos templos que parecían flotar sobre el agua, ya que cuando el Ganges aumenta su caudal inunda parte de la orilla y esto no impide que los ritos continúen.

Mientras navegábamos, el guía nos iba explicando el significado de los distintos rituales. A lo lejos pudimos distinguir uno de los ghats crematorios, donde se incineran los cuerpos siguiendo la tradición hindú y donde la llama sagrada permanece encendida de forma ininterrumpida.

Miráramos hacia donde miráramos, había cientos de hinduistas realizando sus inmersiones, rezando y saludando al nuevo día en uno de los lugares más sagrados de toda la India. Al terminar el paseo en barco nos acercamos de nuevo a la orilla del río, donde pudimos ver de cerca las enormes escalinatas por las que los fieles bajan una y otra vez para sumergirse en sus aguas y purificarse de los pecados.

Empezamos a caminar entre negocios, vacas y aghoris para conocer algunos de los lugares más importantes de la ciudad. El primero fue una tienda de esencias donde vendían todo tipo de aceites con diferentes propiedades. Como buenos turistas, compramos una esencia para relajarnos y otra para dormir mejor. También aprovechamos para comprar un collar muy especial que muchos hinduistas llevan colgado al cuello. Es muy parecido a un rosario católico, pero está elaborado con semillas de rudraksha, consideradas sagradas y asociadas al dios Shiva.

Yo aproveché para comprarme un collar de flores amarillas que negocié por menos de 0,20 €. La verdad es que daba un toque muy especial y más tarde volvería a usarlo. Están hechos completamente a mano por mujeres que, con muchísima paciencia y entre risas, van uniendo cada flor con un hilo.

Esquivando vacas llegamos hasta el lugar más sagrado para los hinduistas, el sitio donde muchas personas desean realizar el último rito de su paso por la Tierra. Es un espacio impactante para la vista, aunque, curiosamente, para el olfato no lo es tanto. Más allá de un olor que recuerda a una panadería o a leche quemada, debido a la mantequilla clarificada (ghee) con la que cubren los cuerpos antes de la cremación, no resulta desagradable.

Nuestro viaje a la India - a2travelers
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Sin embargo, contemplar con tus propios ojos los cuerpos mientras son incinerados y observar cómo los últimos tendones se contraen con el calor es una escena que impone muchísimo respeto y que deja sin palabras. Vimos un par de cremaciones en pleno proceso.

Las familias no transmitían una tristeza profunda, como suele ocurrir en los funerales de tradición católica. Al contrario, se respiraba una sensación de paz y serenidad. Para ellos estaban despidiendo a un ser querido que, al morir en Benarés y ser cremado allí, cerraba el ciclo de las reencarnaciones y podía alcanzar la liberación espiritual o moksha.

Los familiares permanecían cerca ayudando a colocar la madera y esperando pacientemente a que todo el proceso terminara. Mientras tanto, algunos aghoris permanecían alrededor utilizando las cenizas de las cremaciones para cubrir sus cuerpos, como parte de sus prácticas espirituales, se les llama también los caníbales del Ganges:

💡 TonyFact: Caníbales del Ganges

En las sombras de los campos de cremación de Varanasi viven los Aghori, quizá la secta más incomprendida y extrema del planeta. Aunque el mundo los mira con horror por su canibalismo ritual, para ellos, ingerir carne humana no es locura, sino un acto de compasión suprema.

Según la tradición hindú, hay ciertos cuerpos que no se incineran (como los de niños, mujeres embarazadas o hombres santos), sino que se entregan directamente a las aguas del Ganges. Los Aghori creen que todo en el universo es sagrado y que la distinción entre lo puro y lo impuro es solo una ilusión humana y recogen estos restos para consumirlos ritualmente. Creen que, al ingerir esa carne, actúan como «fuego humano» terminando la purificación y ayudando a esa alma a romper el vínculo con su forma física quedando libre para siempre.

Para un Aghori, el cuerpo humano es simplemente un envase de materia sin valor una vez que la vida se ha ido. Por eso suelen usar un cráneo humano (kapala) como su único plato y vaso para comer y beber. Al hacerlo, se recuerdan que la muerte está presente en cada bocado y que, al final, todos volveremos a ser la misma ceniza.

En las sombras de los campos de cremación de Varanasi viven los Aghori, quizá la secta más incomprendida y extrema del planeta. Aunque el mundo los mira con horror por su canibalismo ritual, para ellos, ingerir carne humana no es locura, sino un acto de compasión suprema.

Aunque en esta zona está permitido hacer fotografías, creemos que lo mejor es respetar el momento y no convertir un ritual tan íntimo en un espectáculo. Hay lugares en los que es mejor guardar la cámara y simplemente observar. Continuamos nuestro recorrido hasta llegar a un templo al que ya empezaban a iluminar los primeros rayos de sol. Vimos figuras preciosas adornadas con flores, ofrendas y una devoción que pocas veces habíamos sentido en otros lugares.

En la entrada nos hicieron un bindi en la frente y disfrutamos viendo cómo muchísimas personas, incluso antes de ir a trabajar, acudían al templo para participar en los rituales y pedir buena suerte para el día. Después nos dirigimos a un lugar muy curioso, un enorme mapa en relieve de la Madre India, grabado sobre mármol. Representa el territorio de la India con sus montañas, ríos y relieves tallados con gran precisión. Para apreciarlo tuvimos que subir a la segunda planta del edificio y verlo desde arriba.

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Más tarde visitamos el Templo de Durga, construido en el siglo XVIII y conocido popularmente como el Templo del Mono por la gran cantidad de monos que solían habitar sus alrededores. Es una preciosa construcción de color rojo que parece flotar sobre el agua. Nosotros, la verdad, no vimos demasiados monos, pero nos contaron que son muy traviesos y están siempre intentando robar en las tiendas.

Como todavía no habíamos desayunado, regresamos al hotel para comer algo y cambiarnos de ropa. El fresco de primera hora ya había desaparecido y el calor, acompañado de una gran humedad, empezaba a hacerse notar. Aprovechamos para descansar e incluso echarnos una pequeña siesta. Para quien nos lea, estas pausas son casi imprescindibles si quieres aguantar el ritmo de un viaje así, porque todavía nos esperaba una noche muy larga.

Ya recuperados, nos dirigimos a uno de los lugares más importantes del budismo, el sitio donde Gautama Buda pronunció su primer sermón tras alcanzar la iluminación. Fue emocionante estar en un lugar con tanta historia. Visitamos las ruinas del antiguo monasterio, la Mulgandha Kuti, varias estupas y, sobre todo, la impresionante Estupa Dhamek, donde se recuerda el famoso sermón de la Rueda del Dharma.

Dentro nos encontramos con un grupo de monjes budistas de cabeza rapada y túnicas de intensos colores naranjas y rojizos. Algunos eran muy jóvenes y tuvimos la oportunidad de saludarlos e incluso hacernos una foto con ellos. Después paseamos por el recinto para disfrutar de cada edificiación y nos llamó la atención la cantidad de colegios que estaban de excursión.

Nosotros ya habíamos perdido por completo la noción del día en el que vivíamos, así que preguntamos y descubrimos que era sábado. Nos explicaron que los niños en la India asisten al colegio de lunes a sábado y que ese día suele dedicarse a actividades culturales, como visitar templos, museos o parques. A su vez, muchos padres también trabajan los sábados, por lo que estas actividades ayudan a mantener esa organización familiar.

Muy cerca visitamos el Museo Arqueológico de Sarnath, donde se conservan importantes esculturas budistas, imágenes de Buda y de diferentes bodhisattvas, además de numerosas piezas recuperadas de las excavaciones del antiguo complejo religioso. Fue una visita interesante, aunque personalmente nos impresionó mucho más contemplar esas mismas ruinas en su lugar original que dentro de una vitrina.

Al salir hacía muchísimo calor, pero todavía nos quedaba visitar un enorme templo con gigantescas figuras de Buda en diferentes posturas llamado Mula gandha-Kuti. Era un lugar lleno de paz y resultaba curioso cómo bastaba cruzar la puerta para que desapareciera completamente el ruido de la avenida que había justo al lado 🤫. (Antonio quiere ese mismo aislamiento acústico para casa).

Volvimos al hotel para hacer una pequeña pausa, porque ya llevábamos muchísimos kilómetros caminados. Descansamos un rato antes de volver a salir cuando cayera la noche. Al anochecer regresamos en taxi hasta el río Ganges. Nos encontramos un atasco monumental. Había coches, motos, tuk-tuks, bicicletas, vacas y peatones intentando avanzar por las mismas calles. Los lugares que habíamos visto tan tranquilos durante el amanecer ahora estaban completamente transformados entre luces, música, vendedores y miles de personas.

Por mucho que el taxista intentó buscar atajos e incluso hacer maniobras imposibles para convertir el coche en una moto, llegó un momento en el que fue imposible seguir avanzando. Tuvimos que bajarnos y continuar caminando. La multitud era tan grande que, como buena latina, me puse la mochila delante. Al verme, nuestro guía sonrió y me dijo: «No hace falta. Si alguien roba aquí, la propia gente lo atrapa antes de doblar la esquina«. Fue un comentario que nos sorprendió bastante y que reflejaba lo estricta que puede llegar a ser la presión social y religiosa.

Seguimos esquivando personas, motos, vacas, enormes paquetes, calles estrechas, escaleras y pequeños callejones hasta que, de repente, después de atravesar un edificio bastante deteriorado, llegamos a uno de los momentos más impactantes de todo nuestro viaje por la India.

Estábamos en un lugar privilegiado contemplando la ceremonia Ganga Aarti, un espectáculo cargado de espiritualidad, fuego, música, tambores, cánticos, alegría y muchísimo respeto. La noche parecía convertirse en día entre las llamas de los grandes candelabros y el humo del incienso. Vimos toda la ceremonia de principio a fin y cada momento nos parecía todavía más impresionante que el anterior. Era una forma completamente distinta de vivir y sentir la religión.

Eso sí, el lugar estaba completamente lleno, por lo que recomendamos llegar bastante antes de la hora de inicio para conseguir un buen sitio desde donde verla. Todo el ambiente se impregnó del aroma del incienso y las flores mientras, en el río, decenas de personas seguían la ceremonia desde pequeñas embarcaciones. Era un espectáculo lleno de color que disfrutamos muchísimo.

Nuestro viaje a la India - a2travelers
Nuestro viaje a la India - a2travelers

Es una experiencia que creemos que hay que vivir al menos una vez en la vida. Sentir, ver y oler la espiritualidad hinduista de esta manera es algo difícil de explicar con palabras. También nos llamó mucho la atención el profundo respeto con el que conviven distintas religiones en la ciudad, intentando no interferir unas con otras.

Cuando terminó la ceremonia, regresamos caminando hasta el punto donde nos esperaba el taxi, que milagrosamente había conseguido escapar del atasco. Volvimos al hotel casi a medianoche, completamente agotados, pero felices por todo lo que habíamos vivido aquel día.

Benarés – Delhi – Nuestro viaje a la India II

Día 16

Nos despertamos prontísimo (incluso madrugamos más en los viajes que en nuestros propios días laborales) con todo preparado para tomar un vuelo a Delhi. Tomamos un taxi que nos dejó en el aeropuerto y, haciendo las filas para el control, vimos a muchos hinduistas intentando embarcar sus enormes cantidades de agua del Ganges. Querían pasarla como equipaje de mano y llevaban más litros de agua que peso en sus maletas. También había letreros curiosos, como que los cocos no se pueden llevar en el avión. La verdad es que nunca había pensado en viajar con un coco, pero ahora nunca podré 🤭.

En la fila había de todo lo que en nuestros países normalmente no nos dejarían llevar en un avión desde collares de flores naturales, comida, agua del Ganges, gente con trajes tradicionales e incluso algunos solo con una tela atada. Era todo un espectáculo de color y de vida, porque cada persona justificaba por qué debían dejarle pasar sus litros de agua del Ganges, ya que era el souvenir principal del viaje.

Nosotros no nos quedábamos atrás, también volamos con un collar de flores naturales que nos acompañó durante bastante tiempo. Tomamos el vuelo y, como era de esperar, nos quedamos dormidos del cansancio. Hasta que un azafato quiso practicar su español con nosotros, lo que nos sacó una sonrisa en medio del viaje.

Fue un vuelo corto y, al llegar a Delhi, nos esperaba un taxi que nos llevó a un hotel cercano al aeropuerto internacional. Organizamos todo un poco, nos cambiamos de ropa y comimos algo. Y entonces empezó el momento de convencer a Antonio de salir a explorar el centro de Delhi por nuestra cuenta. Por ejemplo, la Puerta de la India no la habíamos visto de cerca, así que… ¿cómo no íbamos a ir?

Después de mis dotes de convicción (y de que en el fondo él también quería explorar), nos fuimos en Uber 🚗 hasta el centro. Antes de salir del hotel, nos llevábamos una tarjeta con el nombre del hotel porque no teníamos datos para pedir de nuevo un transporte para regresar.

El Uber nos dejó en pleno corazón de la ciudad. Caminamos tranquilamente y todo era muy bonito, la gente disfrutando del día, haciendo picnic, sacándose fotos, comiendo y paseando. Vimos muchas parejas de la mano y todo tipo de vestimentas, desde las más tradicionales hasta las más modernas.

Caminamos por una calle enorme peatonal hasta llegar al National War Memorial y, en la otra dirección, vimos el Rashtrapati Bhavan, todo muy cuidado y majestuoso. Por un momento parecía que estábamos paseando por Europa, pero con mucha más vida y alegría.

Después nos sentamos a hacer un pequeño picnic con unas papas de paquete y una bebida que compramos frente a la Puerta de la India, que es un monumento conmemorativo a los soldados indios caídos en la Primera Guerra Mundial.

Mientras disfrutábamos del ambiente con gente paseando, vendedores ambulantes, niños jugando, todo justo antes de que cayera la noche.

Entonces empezamos la búsqueda de un tuk-tuk que nos llevara de vuelta al hotel. Entramos en un divertido juego de negociación con el conductor, que no hablaba nada de inglés y nosotros nada de hindi. Así que nos entendimos como pudimos, literalmente con las manos:

Él pedía 500 rupias y nosotros ofrecíamos 300. Nos habían dicho en el hotel que el precio justo estaba entre 350 y 400 rupias, así que seguimos negociando. El juego continuó: el señor bajaba a 450, haciendo el gesto de los 50 con los dedos doblados.

Nosotros insistíamos en 300 hasta que finalmente bajó a 350 rupias. Y la verdad es que, aunque el momento de regatear fue divertidísimo, empezaba a anochecer y teníamos que volver. Así que nos fuimos por 350, que era un precio justo. Para indicarle la ubicación le dimos la tarjeta del hotel y arrancamos.

Ese pobre tuk-tuk, sin apenas fuerza, subía y bajaba puentes, se metía entre coches y autobuses a toda velocidad, pero nos llevó sanos y salvos hasta el hotel. Cenamos tranquilamente y nos reímos mucho de esta experiencia que, aunque corta, nos dio ese empujón para empezar a hacer más cosas del viaje por nuestra cuenta. Nos fuimos a dormir ya con las maletas perfectamente organizadas.

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Delhi – España – Nuestro viaje a la India II

Día 17

Nuestro último día nos recogieron para llevarnos al aeropuerto internacional. Nos despedimos de Delhi desde el coche y prometimos volver algún día para conocer el sur de la India y algunos monumentos que nos quedaron pendientes. Pero la aventura aún no había terminado, todavía teníamos que pasar por casi diez controles de seguridad para tomar el vuelo rumbo a Qatar.

Cada control era todo un misterio, entre sellos, puntos de colores que pegaban fuera del pasaporte, revisiones en cabinas separadas para hombres y mujeres, preguntas sobre dónde habíamos estado, a dónde íbamos y si nos había gustado el país. Sin duda, ha sido el control de seguridad más largo y diferente que hemos vivido. Y eso que ambos hemos pasado por los de Estados Unidos, que al lado de este casi se queda corto.

Después de todo ese proceso de revisión y de entender por qué había que llegar con tanta antelación, por fin pudimos sentarnos a descansar un momento. Luego aprovechamos para recorrer las tiendas del aeropuerto y asegurarnos de que no se nos quedaba ningún souvenir pendiente. En este viaje sentimos que muchas veces dejamos las compras para el final, y aprendimos que, si algo te gusta, es mejor comprarlo en el momento, porque las ciudades cambian tanto que después puede que ya no lo encuentres.

Tomamos el vuelo hacia Qatar, al llegar, disfrutamos del aeropuerto, que es prácticamente una mini ciudad con jardines interiores, grandes tiendas y hasta un metro. Así que nos fuimos a explorar un poco más, curiosos por todo lo nuevo, ya que estaba a punto de comenzar el Mundial de Fútbol.

Aprovechamos también para hacer una pequeña siesta en los jardines, donde había incluso espacios tipo cabinas para descansar. Compramos algo para picar y esperamos nuestro siguiente vuelo rumbo a Madrid. Este último trayecto fue mucho más tranquilo, lo dedicamos a revisar fotos, organizar el regreso y dormir. Bueno, y también a ver alguna película.

Al llegar a Madrid se siente ese momento de volver a casa, más agotados, pero muy contentos por todo lo vivido y aprendido. Un viaje que, quien nos conoce, sabe que nos marcó profundamente y que llevamos siempre en nuestro corazón.


Nuestro viaje a la India Ii

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Nuestro viaje a la India II